Los roba-frutas y los penitentes vigilantes

Aquellos cerezos de grueso tronco requerían de casi escaladores. Los amos las recogían con escaleras, y si subían, se decía que no había dueño sin algún hueso descalabrado.
Aquellos cerezos de grueso tronco requerían de casi escaladores. Los amos las recogían con escaleras, y si subían, se decía que no había dueño sin algún hueso descalabrado.
Los roba-frutas y los penitentes vigilantes

Ahora que está la fruta en sazón traemos a colación lo que más de un deporte era una adicción o más que eso, obligado robar la fruta del vecino, que como fenómeno repetido cada año ponía en alarma al dueño de los frutales que inventaba estrategias. Entre la más divulgada, la de los tiros de sal, o eso se decía, aunque a ninguno del barrio vi lesionado por los tales disparos de cartuchos rellenados con molida sal, en lugar de balines o perdigones; otra estrategia era la de poner alambre de espino en el tronco o en su defecto, tojos, pero esto no funcionaba y tampoco el vigilar día y noche el ciruelo, cerezo, melocotonero o manzano e incluso las uvas, pero esto muy fatigoso. Bastaba, creían los dueños, una vigilia intermitente, para hacer de la sorpresa una eficaz arma, sin percatarse que los vigilados eran ellos, porque las tácticas de las pandas eran asignar tareas. Los miedosos, de vigilancia; los valientes y ágiles, al salto de la fruta.

En una de estas expediciones en las que raramente se  traspasaban los límites o un radio de más de kilómetro se conjuraron nada menos que los habilidosísimos Luisín, Trigo, Pepín, Gas, Jandrís y Paco el cojo, que, increíblemente, no era vigilante y ya se verá el porqué. Atacando denso cerezo, que el más apetecible por sus carnosos frutos, luego de salvar un gran muro la panda profanaba una de las huertas de Cabeza de Vaca, que siempre tuvo muchos cerezos, cuyo producto se destinaba a la venta en la Plaza de Abastos de la ciudad. Hallándose subidos y a punto de hartazgo los seis, tragándose las pepitas para que ni ruido de su caída, de tan cuidadosos sucedió que por una inoportuna tos por atragante de alguno, fue el aviso para que, estaca en mano, apareciese el amo del cerezo. Todos al suelo en un instante, y Luisín que se las pelaba como nadie en la huida, donde era un campeón demostrado luego como extremo del Coruña en Primera División, sería sobrepasado por el cojo Paco. Luego comprendimos por qué no formaba parte de los vigilantes. Nunca se sabría si alguno libre de un estacazo, porque nunca lo contaban. Tampoco que Paco el cojo hiciese carrera como futbolista y menos como extremo.

Expedición robaperas

Uno hacía lo que podía y nunca se enteraría que también se robaba la fruta propia. Celebrando con todos los amiguetes el éxito de alguna expedición robaperas, que también había diestros solitarios cuando se decía que por Os Ponxos o Xordo, que si oía, pero sobrenombre heredado de algún ascendiente, había disparado un tiro de sal a algún golfete. Nunca lo vimos, pero el mito estaba presente y amenazaba como espada de Damocles que no de Móstoles, como podría decir alguna Belén Esteban al uso, aunque puede que ignore el dicho.

Si se regresaba con cerezas, ciruelas, claudias o melocotones, algunos, si les sobraban, las ponían a la “venta” al grito de "¡a palmada, ameixa!" o sea que se golpeaba la palma de la mano del “comprador” con cierta saña y se le daba una cereza o ciruela. Incluso el refinamiento era tal que se proponía comer una hormiga para darte una ciruela. Los vigilantes, ya que no arriesgaban, tenían que pasar por esos tragos, que era el peaje de su más que cobardía, falta de riesgo. Estos robafrutas eran todo menos generosos con el reparto del botín.

Nosotros a un vecino que muro por medio vigilaba su finca incluso en su monumentales defecaciones, lo despachábamos tirándole más que chinas , piedras, estilo mortero, obligándole a decir más pecados, que tunante apaleado o carretero cabreado, y a salir a toda prisa de su estercolada viña, cagándose en todos nosotros si pudiese. Claro que sus deposiciones tenían más diámetro que bosta de vaca. No obstante, o sin este impedimento, aquellas uvas tan abonadas sabían mejor que las nuestras.

Gelucho C., otro pícaro habilidoso del barrio, fue el único capaz de comerle las cerezas al señor Antonio, el municipal, a pesar de la férrea vigilancia de él y, por delegación, de una hija. Fue todo un alarde que hizo historia y todo un hito jamás superado, con muro por medio, alambre de espino y un tronco al que difícil trepar y un vigilante que no perdía ojo a su cerezo, con colaboradora de no menos fuste.