El "Caso Tele", un espantoso ridículo

El "Caso Tele", un espantoso ridículo

Esta semana vamos a vivir nuevos espasmos del "caso RTVE", tan pésimamente gestionado por el Gobierno de Sánchez, que ha estado a punto de meter en un callejón sin salida a una entidad con miles de trabajadores, un presupuesto de mil millones de euros y una innegable proyección fuera de España, por no hablar de su influencia interna. Intentar "regalar" la radio y la televisión públicas a un partido "socio", que apoyó la investidura de Pedro Sánchez y que nunca se ha caracterizado por su amplitud de miras infromativas, ha sido una muestra de irresponsabilidad de la que algún día habrá de responder el presidente del Gobierno y que, afortunadamente, porque las chapuzas siempre salen mal, no ha ido adelante.

En lugar de eso, ha sido preciso convocar nueve sesiones plenarias en el Parlamento, que culminan esta semana -este miércoles y, previsiblemente, el viernes-, para elegir a un Consejo de Administración provisional y a un administrador único no menos provisional, puesto que el concurso de méritos para elegir al rector del antiguo Ente ya se ha puesto en marcha y culminará en tres o cuatro meses, como máximo, esperan casi todos. Mientras, el descontrol más absoluto podría haberse instalado en el Pirulí si no hubiese sido por la profesionalidad de la mayor parte de los trabajadores de la tele y la radio públicas.

Y menos mal que una figura del prestigio y la solvencia de Rosa María Mateo se ha prestado a jugar el poco airoso papel de esa figura de "administrador único" provisional. Van a ser, si finalmente el Congreso aprueba el nombramiento -no todos los aliados de Sánchez en la investidura estarían dispuestos a dar el "sí" a la señora Mateo; veremos-, tres meses de auténtica tortura para la famoso presentadora y periodista, a la que jamás nadie pilló en falta informativa alguna (eran, claro, otros tiempos, no necesariamente peores, sino más bien mejores...).

Lo que venga después será harina de otros costal, y mostrará hasta qué punto las ambiciones por controlar la tele pública (y la radio) han degenerado en algo que bien puede asimilarse al caos. Algunas previsiones apuntan a que hasta un centenar de candidatos podrían llegar a apuntarse como candidatos a la presidencia de RTVE. Más que un concurso de méritos, evaluados por personajes cuyos nombres no conocemos aún, pero propuestos por los partidos -echémonos a temblar-, eso va a parecer unas oposiciones a secretarios de Ayuntamiento. Trabajadores y ex trabajadores de la Casa, catedráticos, merodeadores de lo que salga por ahí, gentes que andan a la que salte, podrían figurar en ya abultada lista que los rumores difunden sobre los candidatos del que es "el puesto entre los puestos", a lo que se ve.

Y ¿qué, quién, habría tras estos candidatos? Pues, según los telementideros, hay gente de su padre y de su madre, representantes embozados de partidos, ambiciosos que van por libre y unos cuantos que, figurando en la plantilla de la tele o de la radio, muestran una sincera vocación por mejorar una situación que ha sido capaz de llegar hasta aquí.

Siento mucho que el Gobierno de Pedro Sánchez, por el que siento la inclinación de quien pensaba que, con el anterior equipo Rajoy, no podíamos ir peor, haya tardado tan poco en enlodarse con la "caja tonta". Jugar con el fuego de Podemos en materia de libertad de expresión es un riesgo cierto de resultar abrasado. Y lo peor es que nadie ha salido, hasta ahora, a pedir disculpas, cosa que sinceramente aún espero que haga Sánchez cuando, a comienzos de la semana próxima, comparezca -dicen- en rueda de prensa de final de curso político, una costumbre establecida por sus antecesores que el presidente actual del Gobierno de ninguna manera debería perder, porque perderla sería ahondar en sus muchos déficits de comunicación.

Pero, de momento, el follón está servido, y el Parlamento ha sido muy mal y abusivamente utilizado para sancionar el dislate. Lo siento por la gran Rosa María, y por todos nosotros, espectadores o/y colaboradores de una institución, RTVE, que debería ser ejemplar. Y que sin duda no lo es: prueba de ello es que un comentario como este pueda costarte participar o no en una tertulia, fíjese usted hasta dónde hemos llegado. O por dónde aún seguimos, como en los viejos tiempos.