A España ya no la conoce ni la madre que la parió

A España ya no la conoce ni la madre que la parió

Tengo un par de compañeros que ya han comenzado a escribir libros sobre el cambio que puede significar Pedro Sánchez, un hombre que, en apenas cuatro años, desde que asumió por primera vez la secretaría general del PSOE, ha bajado a los infiernos del Dante y ha subido a los cielos de Pedro Duque, que es donde ahora se halla, no sé cuánto de provisionalmente, instalado. Si ya en un libro -y uno lo ha intentado- es complicado sintetizar lo que ni siquiera ha sido un lustro de frenéticas transformaciones, a pesar del Gobierno, imagine el lector lo difícil que resulta, en esta simple crónica, analizar lo que ha pasado, lo que está pasando en una realidad tan poliédrica, ahora facilitada por otro Gobierno.

El caso es, sin embargo, que el próximo martes se celebra el cuarto aniversario de la subida de Felipe VI al trono de España, tras la abdicación de su padre. Luego dimitió Pérez Rubalcaba para ser sustituido por Sánchez; muchas cosas cambiaban... y solo Mariano Rajoy permanecía. Ahora, sin embargo, Rajoy es un ciudadano particular cuyo nombre apenas se invoca si no es para hablar de sus posibles sustitutos en la carrera por el despacho de la calle Génova que se inicia este miércoles, cuando conozcamos quién se presenta a la liza (sería difícil para Núñez Feijoo justificar el no hacerlo).

Rajoy hizo lo posible por taponar los cambios, imprimiendo un no-ritmo desesperante a la política española. Sin embargo, la transformación de España, de la mano de la sociedad civil, se aceleraba gracias a la degradación de la política: la verdad es que, en este momento y comparándola con la de hace solo cuatro años, a España casi no la conoce ni la madre que la parió.

Ahora es el turno de Pedro Sánchez, que ha llegado a La Moncloa como ha llegado, aunque a casi nadie parece importarle a estas alturas el "detalle" de que no haya accedido a la cúspide a través de las urnas, como sería deseable. Sánchez nos propone cambios cosméticos, de alcance para la opinión pública: no hay más que ver la recepción mediática a los inmigrantes del Aquarius -muchos más llegaban por el sur, pero nadie les hacía caso: no venían traídos por el nuevo Gobierno-. O la que se ha montado con el proyecto, que este mismo lunes debatirá la ejecutiva del PSOE, de sacar ya a Franco del Valle de los Caídos.

Pero el gran tema inmediato, otras cuestiones y operaciones de comunicación aparte, es el de los presos catalanes. No voy a llamarles presos políticos, claro, pero casi estoy quedándome solo. Son un problema de primera magnitud, y sospecho que Sánchez los utilizará como moneda de cambio, en lo que pueda, ante su cercano encuentro con Quim Torra en la Moncloa. Los acercará a cárceles catalanas en cuanto el juez Pablo Llarena, el hombre que casi ha gobernado España en los últimos meses a golpe de toga y de artículo 155, acabe su instrucción. Lo que ocurrirá, dicen, muy en breve. Entonces, sin Llarena y sin 155, y con un Govern incómodo, pero no intratable, empezarán a ocurrir bastantes cosas, sospecho, porque la política --es un decir-- llevada a cabo hasta ahora en y con Cataluña no podía mantenerse.

Veremos qué pone en marcha Sánchez -supongo que se lo preguntarán este lunes en TVE- en relación con Cataluña, pero una política de buena voluntad es imprescindible para intentar una nueva "conllevanza", como la que consiguieron, para treinta años, Adolfo Suárez y Josep Tarradellas. Dos pistas: ¿por qué Artur Mas, que puso en marcha todo el endiablado engranaje independentista, predica ahora políticas "realistas"? Y ¿qué explica que Puigdemont esté tan callado, a la espera del dictamen del tribunal que decida sobre su extradición a España o no? Hay muchas tesis elaboradas, como meras conjeturas, claro, en torno a estas dos preguntas.

Pero hablábamos del Rey, a quien los independentistas han convertido en el enemigo público número uno de la separación de la "República de Catalunya" del resto de España. Y tienen razón: Felipe VI, que sin duda no pasa por sus mejores días, es el principal baluarte de la unidad de España, y bien harían los partidos constitucionalistas en reforzar la figura del Jefe del Estado, ahora con la tribulación suplementaria de ver, en estas mismas horas, cómo el marido de su hermana ingresa al fin en prisión en medio del desprecio ciudadano. Menuda semanita, otra más, nos espera. Porque la transformación de España sigue, a toda marcha, hacia... ¿dónde? Quizá Pedro nos diga algo al respecto esta misma semana. O no.