Todos contentos

Había una vez un país donde la gente siempre era feliz. ¿Terremotos?,  a reconstruirse; ¿inundaciones?, a achicar agua; ¿aeropuerto peligroso?, a pilotar con cuidado… En este lugar, donde hoy siguen ocurriendo todas estas cosas, sus habitantes son pobres pero carecen de pobreza, es decir, no tienen en su ADN los genes que disparan la avaricia, el egoísmo o el afán de poder que tanto necrosan a las sociedades modernas. En Bután, que así se llama ese hermoso sitio del Himalaya, la felicidad es desbordante, según las estadísticas.

Allí, como en otras partes del mundo, hay niños, cuya única preocupación es estudiar y jugar, comer y jugar, dormir y jugar, ayudar en las labores domésticas y jugar… Pero si en Bután midiésemos el grado de “inocencia infantil” -esa virtud que nos empeñamos en destruir cada vez a edades más tempranas- seguro que ganaría por goleada frente a la de muchas otras partes del mundo.

Digo esto por el espectáculo que estamos viviendo con esta suerte de luchas territoriales, que flaco favor le hacen al otro “territorio”, el de la inocencia infantil, doctorándose como están los niños en banderas, pancartas, gritos, retóricas, discursos y actos que muchas veces nos asemejan más a cualquier otra especie animal que a la “inteligente” especie humana.

Cuando se tensan los espaguetis, el pescado huele mal y el yogur se corta porque el mantel se convierte en un ring, mala cosa. Cuando en el salón, noticias de por medio, sobrevuelan preguntas con voz atiplada, producto de la confusión que perciben estos “locos bajitos” al no entender lo que está pasando, y nosotros no encontramos una respuesta sensata que darles, malo.
Si a los niños, en lugar de educarlos en valores de igualdad y respeto les inoculamos el virus de “lo diferente”, de “lo mejor y lo peor”, de “la batalla y la paz”, pues eso, malo, malísimo. Claro que, siempre habrá quien diga que no debemos abstraerlos, que es bueno que se empapen de la realidad, para fortalecerse.

Y mientras, todos contentos. Con la codicia de los adultos sacando pecho y dando ejemplos nefastos de intolerancia, los niños crecen a nuestra imagen y semejanza. Y si hay que corregirlos, tranquilos, siempre nos quedará la canción, más que nada para no complicarnos: “Que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”…