Calles de azufre

Decía Ovidio “qué dulce es escribir de la gente que admiras y quieres”. El viernes dejó su ventanilla en la UCA el hada madrina de los “niños malos” de diferentes generaciones. Su nombre circula con respeto entre los chicos de mala estrella. A cuántas madres desquiciadas por sus hijos tuvo en sus brazos.

Dices “Almudena”, y los más malditos de esta ciudad sonríen. Ella ya estaba allí a finales de los 80 cuando Ourense padecía de incendio de corazón. Centenares de yonquis, sí, centenares, vagaban flacos y pálidos por la ciudad. Qué generación más ingenua. Los cantantes decían su estribillo “sexo, drogas y rock and roll”. Lou Reed parecía abanderar estas camadas. “Los Cali” advertían: “Heroína, solamente oír tu nombre causa ruina”.

Ya se sabe, pero no está mal recordar esos tiempos turbios. Almudena me dice: “Me conmovieron mucho aquellas madres, alguna me llegó a decir: ‘Prefiero ver a mi hijo muerto que así’. Decidí que mi batalla sería luchar con ellas”. 

Acordémonos: a finales de los 80 se acabó la fiesta. Llegó la enfermedad maldita, el VIH. Todo el mundo rechazaba a esos chicos, incluso muchos médicos. Ella no. Cada día llamaba a la puerta de Almudena la procesión de chicos asustados y desalentados. Apenas había medicación. Las lágrimas resbalaban por las mejillas de las madres.

Allí estaba Almudena. Receptiva, valiente y con fortaleza. Comprendía mejor que nadie la tragedia de aquella generación de inocentes. Recordemos: la ciudad se rompió. Las pandillas y su compromiso de lealtad se esfumaron. Los camellos se hicieron los reyes de la ciudad. Hasta los chulos cayeron en sus redes. Las prostitutas tenían nuevo tirano: el polvo blanco. En los 80 el parque de San Lázaro era un hormiguero de yonquis. No quedó una farmacia sin saquear. Pocas familias se libraron del drama.

Almudena veía con desesperación cómo la enfermedad maldita se los iba llevando. Dice ella: “Eran mis niños”. Ella los conoció uno a uno. Hoy, que se va, puede recitar todos sus nombres. Sin que falte uno.

Qué cierto, la historia se repite. Los dioses anuncian malos auspicios. El miedo líquido recorre de nuevo las calles. Ay, los hijos de las computadoras no aprendieron de sus mayores. Sociólogos y observadores insisten: “Regresa el olor a azufre a las calles”. Allá en el barrio del Raval en Barcelona, por los callejones de Agustí Durán y Reina Amalia i Roig, de nuevo los transeúntes caminan sorteando agujas por las aceras. La plaga se extiende. Los camellos manejan otra vez mercancía de gran calidad. Piense, hermano lector ¿quién mueve los naipes marcados?

Un periódico titula: “Los adictos llegan a Barcelona de toda Europa atraídos por lo fácil y barato que se ha vuelto conseguir la droga”. Los jóvenes demacrados toman de nuevo los barrios mientras ocultan sus brazos bajo mangas largas. Ay, el doctor Mengele debe andar de nuevo suelto y son muchos los que caen en el cebo que acabó con mi generación. Quizás la tormenta se acerca, ojalá no venga una edad ingrata. Los que nos mandan están empeñados en atrofiarnos. Un espantapájaros cibernético nos espanta de las luminosas praderas de la utopía y gritan: “No extiendas la mesa y levanta muros”.

(Almudena se despide justo hoy, viernes, que cesa en su trabajo. En su mesa alguien colocó ramos de flores. Lo sabe bien: “No amar es destruir la vida”. Está serena y melancólica. Cuatro décadas al lado de sus “niños malos”. Enciende un cigarrillo, mira a la lejanía y dice muy bajo: “El hombre quiere la belleza y el bien, pero ni lo uno ni lo otro caen del cielo. Hay que conquistarlos”. La miro y recuerdo el estribillo de los Stones: “Has visto pasar el tiempo como un rayo./ Acuérdate de todos los sueños que abrazábamos con fuerza;/ parecen haberse desvanecido”.

Ahora a Almudena se le nublan los ojos: “Llegan nuevos tiempos, todo hay que mirarlo con ojos nuevos. Pero en mi corazón está sobre todo aquella generación soñadora, ingenua e inocente, y el rostro de aquellas madres desesperadas. Se me iban, uno a uno. Ay, en aquellos años yo podía hacer tan poco...”

Nos despedimos. Me mira con toda su alma hospitalaria. Me besa en la mejilla y me dice muy bajo: “Sé generoso y ama, aunque los demás no lo hagan contigo”.)