Las chicuelinas de Quique

Las chicuelinas de Quique

Ya hace. Conocí a Quique en Amsterdam. Yo colaboraba para una emisora del Instituto de Emigración. Era todo un poco cutre. Imagínate qué canciones nos pedían. Dábamos información de contratos de trabajo y cosas así. Un par de horas cada tarde eran para discos dedicados. Yo sufría con la música que me pedían. Qué fatiga, Ana Kiro por aquí, Ana Kiro por allá. Por fortuna, pedían mucho al gran Pucho Boedo. Pero te juro que tenía insomnios, el teléfono no cesaba, siempre lo mismo: “Quiero dedicar ‘A Santiago voy’ a mi abuelo, allá en la aldea…”

Recuerdo el día que Quique entró en la emisora, chaqueta de cuero y gesto decidido: “Quiero dedicar ‘Ne me quitte pas’ de Jacques Brel  y ‘Heroes’ de David Bowie…”. Quedé sorprendido, era la primera vez que me pedían este tipo de música. Pronto supe que era hijo de español y de holandesa, por supuesto bilingüe. Nos hicimos amigos. No era un emigrante al uso. Estaba obsesionado por la pintura. Le acompañé en ocasiones al Museo Van Gogh. 

Desapareció unos meses. Al regreso, traía un sueño entre manos. Pronto me habló de una campaña publicitaria. Estaba decidido a montar un local en la ciudad. “Voy a ir a por todas, Amsterdam va a alucinar conmigo. Yo estaré al frente del local impecablemente vestido de torero al lado del ventanal, que me vea todo el mundo”. Pero había más: “Cuando sirva un plato bien adornado, sacaré con elegancia la montera y brindaré como Manolete al público. De vez en cuando tomaré la capa y haré alguna ‘chicuelina”. Le animé y todo se puso en marcha. Ah, a veces la astuta adversidad cambia tu destino. Regresó a Ourense.

Han pasado muchos años. Aquel sueño sólo mudó de piel. Hoy está al frente de “O Frade” con un equipo cálido y cercano. Entras allí como en un templo. Enseguida te atrapa el blues. Quique mira al cliente, le sirve y en el plato parecen estar todos sus secretos. Su maestro fue Jose, el sabio barman del Latino.
(La mirada de los seres que pinta te perturba. “Expón”, le digo. “Tal vez, pero jamás venderé un cuadro”. 

Ay, ciertos días Quique tiene en sus ojos las heridas de todos los hijos de la emigración. Ay, su generación que creció menguada de abrazos, lejos de los padres. Entonces, solitario, va al monte a un lugar secreto. Allí está su talismán. Allí habita altivo Brumoso, su caballo blanco casi alado que relincha feliz al verle. 
Lo mima, lo cepilla y cabalga por donde aúlla el lobo y camina lenta la tortuga. Entonces siente la voz del abuelo con quien creció. “Érguete, rapaz”.)