Recuerdo póstumo de Carlos Casares

Recuerdo póstumo de Carlos Casares

Eran las fiestas de A Coruña que se celebran en el mes de agosto. A lo largo del Jardín de Méndez Núñez, muchas casetas en la Feria del Libro, con presencia de librerías de muchos puntos de Galicia. Por allí me encontré con Carlos Casares, con el que compartí la tarde paseando y charlando, entre otras cosas, de nuestro común amigo el poeta Antón Tovar.

Durante muchos años he sido lector fiel de sus artículos en prensa. Era un placer la lectura -no extensa- aunque su contenido estaba lleno de sapiencia, con un estilo sencillo apto para los lectores de todo tipo cultural, prescindiendo de la forma de otros escritores que se consideran más selectos con un vocabulario cursi, rebuscado y empalagoso.

Miembro de la Real Academia Galega, enumerar los premios literarios conseguidos por Carlos Casas harían prolijo el contenido de estas líneas. El arte de escribir de Casares iba acompañado de un carácter sencillo y atrayente de su persona. Parece como si hubiera seguido la sentencia del orador francés Lacordaire: "El orgullo divide a los hombres y la humildad los une". Haciendo un poco de historia, la primera concesión del Día das Letras Galegas lo fue en el año 1963 para Rosalía de Castro. Hasta la fecha también fueron distinguidos los siguientes ourensanos: Curros Enríquez, Florentino López Cuevillas Valentín Lamas Carvajal y Vicente Martínez Risco y Agüero.

A cuento viene recordar que los condicionantes exigidos para la concesión del Día das Letras Galegas son dos: Haber escrito obra en gallego y haber transcurrido diez años después de su fallecimiento. En opinión de quien estas líneas escribe, flaco favor ha hecho la Real Academia Gallega con una distinción que los homenajeados no han podido disfrutar. Esto me trae a la memoria cuando hace años fue distinguido el poeta Rafael Alberti, con una calle aquí, en A Coruña. Acudí al acto y después de recoger su autógrafo en uno de sus poemas lo felicité y me dijo, después de darme las gracias: "Prefiero que me hayan honrado con la calle que lleva mi nombre en vida y no después de fallecer cuando los perritos vengan a hacer pis en la pared.