Soledad

Fue uno de los días precedentes a Nochebuena. A pesar del frío propio de la época, resultó ser una tarde benigna, templada, suave; sentado en un banco del Parque de San Lázaro compartí asiento con él su nombre, Baldomero Soto, 77 años de edad, natural de Santa María de Guntín, parroquia del municipio de Blancos, arciprestazgo de Baltar, provincia y diócesis de Ourense.

Su aspecto era el de un hombre triste, víctima de la soledad, preso de melancolía. Enseguida me di cuenta de que agradecía un momento de compañía, de conversación. Por mi parte entendí que yo estaba cumpliendo con una de las Obras de Misericordia: consolar al triste. Aunque quizá un tanto reacio al principio ante un desconocido, se fue abriendo y contándome facetas de su vida. Como bien dijo Burton, el escritor humorista inglés: "Si existe un infierno en la tierra, cabe encontrarlo en el corazón de un hombre triste".

Comenzó por decirme que había estado trabajando durante veinte años en Venezuela. Me enseñó la foto familiar de su difunta esposa, Matilde, fallecida hace tres años, y los dos hijos, uno en Venezuela y el otro en Suiza. No pudo ocultar, al enseñarme la foto, su desazón, su pesadumbre, al encontrarse viviendo en un entorno familiar roto, descompuesto, sin ilusión.

Aunque con apariencia de modesto nivel cultural, resultó ser humilde, comedido en sus palabras. Me dijo que la baraja y el dominó no eran sus entretenimientos, y aunque le resultaba difícil sustraerse a los recuerdos, prefería dar largos paseos. Como dijo nuestro premio Nobel, Camilo José Cela, cada hombre tiene su novela aunque le falte ponerle letras y desarrollo. Me despedí de Baldomero no sin antes invitarle a un café que no aceptó quizá por timidez diciéndome que para otra vez será. "Moito me gustaría volver a falar con vostede" fueron las últimas palabras de un hombre agradecido, en soledad, viviendo en un mundo cruel que transmite corrupción por doquier, insolaridad, en donde proliferan los que vulneran el séptimo Mandamiento de la Ley de Dios: No hurtar. Cier- tamente, para hacer frente a la vida en muchos casos hai que botarlle peito.