Xabarín goes to Hollywood

Xabarín goes to Hollywood

Hace dos semanas fui a los chinos y me compré una agenda por un euro. A continuación entré en Tiger y pagué dos euros por el mismo tipo de agenda, sólo que mejor tuneada. Más tarde pasé por Fnac y adquirí una moleskine por once euros. La cajera, que es amiga, me preguntó para qué quería una agenda si ya llevaba en la mano un teléfono que hacía esa misma función. Le dije que era para explicarle a mi equipo el estado del audiovisual gallego. Fui al plató y desplegué encima de la mesa de reuniones las tres agendas y mi iPhone disfrazado de agenda. Les dije que producimos series con un presupuesto de chinos y con look de Tiger para competir con ficciones de Madrid que cuestan lo que una moleskine, es decir, casi diez veces más, e incluso a veces con superproducciones de Hollywood que multiplican por cien y hasta por mil nuestros presupuestos, representadas en este caso por mi iPhone. 

Si uno piensa que con el beneficio industrial de una serie de Madrid (85 mil euros de media por capítulo) aquí tenemos que producir un episodio, entonces podíamos concluir que producir en Galicia es llorar. Pero no conviene llorar ni tampoco emigrar. Y mucho menos quejarse. Lo mejor, sin duda, es hacer de la necesidad, virtud, y dar un paso adelante. Si el futuro no pasa por Galicia, lo inteligente será inventar un futuro que pase por nuestro país.

El periodista Caetano Díaz me bautizó exageradamente hace poco como padre del audiovisual gallego. Yo diría que después de 35 años trabajando en los medios de comunicación, ya empiezo a ser abuelo, y que en este mundo donde los nativos digitales tomarán las riendas del mercado en breve, seré muy pronto un bisabuelo. Por eso me alegran enormemente los Goyas recibidos la semana pasada por Jorge Coira y David Machado. Ellos representan lo mejor de una generación que, a diferencia de la mía, está mucho mejor formada y ya no viene sólo de la literatura y el periodismo, sino que creció cuando en Galicia había televisión autonómica y eso imprime carácter. Es la generación Xabarín. El otro día, hablando de Roi Casal, dije que hacían falta muchos rois para convertir Galicia en una aldea global. En el audiovisual gallego también hacen falta muchos coiras y muchos machados, pero por suerte ya tenemos unos pocos. Los suficientes para dejarnos de complejos y dar un paso al frente.

Sólo falta por articular un sistema público de ayudas e incentivos fiscales que atraiga la producción de ficción a Galicia. Francia y Dinamarca son buenos ejemplos de políticas a seguir. Están aterrizando en el mercado nuevos jugadores como Movistar o Netflix, y en breve lo harán otros como HBO, además de los nuevos canales digitales, y por eso conviene que se sepa cuanto antes que en el finisterre producimos bueno, bonito y know cost. No low cost, o sea barato, pues en una industria dominada por el glamour los chinos no venden, pero sí con unos presupuestos sumamente ajustados y con una calidad excelente. Para empresas que como Antena 3, Tele 5 o Telefónica cotizan en bolsa, y para otras que van a aterrizar en nuestro país, esto debería ser un aliciente.

Por fortuna, casi todo conspira a nuestro favor. La tecnología se ha abaratado hasta límites insospechados hace apenas una década, tenemos asimismo un plantel de actores de primerísimo nivel que se manejan en gallego y en castellano, y contamos con una plantilla de guionistas y técnicos sumamente cualificados. Si a ello sumamos una nueva y excelente generación de empresarios como Ramón Campos y Teresa Fernández Valdés, de Bambú, Enma Lustres y Borja Dapena, de Vaca Films, y Fosco, de Portocabo, que andan por los 40 y que ya han demostrado que tienen la experiencia y las alianzas para saltar el telón de Grelos y hasta los Pirineos, entonces parece oportuno hacer una reflexión seria en torno al futuro del audiovisual gallego, sobre todo teniendo en cuenta que la llegada del AVE, otro medio de comunicación, será una realidad muy pronto y acercará todavía más la capital y la periferia. Del mismo modo que se lucha por repatriar científicos, el Gobierno gallego debe dar facilidades para que estos productores que ya han triunfado en España y empiezan a hacerlo en el extranjero puedan grabar en nuestra tierra. 

Bien fotografiados, tenemos muchos paisajes cuyo encanto es universal. Las dunas de Corrubedo pueden simular el desierto del Sahara, las Islas Cíes un enclave del Caribe, la Isla de San Simón un apéndice de las Baleares, la playa de las Catedrales la costa de Irlanda, La Ribeira Sacra la Toscana italiana, y los Cañones del Sil hacen las veces de los fiordos de Noruega. Por no hablar de algunos pazos bien cuidados que parecen chateaux franceses. Amenábar y Almodóvar lo tuvieron claro cuando rodaron en nuestra tierra. Series como El chiringuito de Pepe, grabada en Castellón, y Doctor Mateo, grabada en Asturias, han demostrado el beneficioso efecto que para el turismo tiene la ficción televisiva. La película El desconocido, que acabará superando los 8 millones de euros de facturación, también ha supuesto un regalo para la imagen de Galicia, lo mismo que los clips de Enrique Iglesias y Alejandro Sanz, que ya van camino de los cien millones de visitas y son una excelente carta de presentaciòn.

Sería una pena que con estos mimbres dejásemos pasar un tren que está a punto de llegar, pues ya perdimos en su día el de la Ilustración y el de la Revolución Industrial.

Pasadas las próximas elecciones autonómicas, el Gobierno elegido deberá consensuar con la oposición un ambicioso programa de ayudas a la producción e incentivos fiscales que hagan atractivo para las cadenas nacionales producir en nuestra tierra cumpliendo sólo tres condiciones: que los exteriores se graben en los parajes más atractivos de nuestra geografía, que al menos dos tercios de las plantillas estén compuestas por técnicos gallegos y que, en justo retorno, las promociones de las series y de las películas incluyan imágenes que inviten a visitar Galicia. 

Por supuesto que hay lugar para actores que no sean de aquí y para técnicos foráneos de los cuales hay mucho que aprender, pero el grueso de las producciones debería contar con profesionales gallegos. Con esta fórmula, no sólo nos aseguramos la promoción de nuestro turismo, sino que se crearán varios cientos de puesto de trabajo y la mayoría de las inversiones retornarán a nuestra tierra, pues se quedarán en manos de nuestros trabajadores y de las empresas de servicios. 

Si decimos que en 2017 el Gobierno gallego debería destinar 10 millones de euros a fomentar esta iniciativa, podría parecer un desatino, pero si explicamos que con las condiciones propuestas, alrededor de siete millones se quedarán en nuestra tierra y que los tres restantes son menos de lo que costaría una potente campaña de publicidad en las cadenas nacionales, entonces seguramente concluiremos que se trata de una inversión sumamente rentable y no de un gasto. 

El modelo es sencillo. Se trata de conseguir que Galicia sea un lugar tan atractivo como lo fue la España de los años 60 para Samuel Bronston, quien rodó aquí muchas de sus grandes películas, entre ellas El Cid, 55 días en Pekín y La Caída del Imperio Romano. Igual que Cataluña fue durante muchos años proveedora de entretenimiento desde la periferia, Galicia debería apostar por convertirse ahora en la autonomía de la ficción. 

Pero hay deberes para todos, no sólo para las instituciones. Los empresarios que se han visto favorecidos durante todos estos años con decenas de millones de euros de facturación también deberán rascarse el bolsillo para producir pilotos y dejar de pensar que TVG es el único cliente. En efecto, sin riesgos, no hay paraíso. 

TVG, por su parte, que ha sido el motor de todos estos éxitos y tiene la mayor parte del mérito del momento que vivimos, deberá entender que nuestro audiovisual no sólo se potencia con la producción de programas en gallego, sino con grabaciones en castellano o en portugués grabadas en Galicia y que puedan ser dobladas al gallego, lo cual sería además una manera de incentivar el sector del doblaje, ahora también en crisis. Tenemos la enorme fortuna de que tanto Paco Campos en su día, como luego Benigno Sánchez y ahora Alfonso Sánchez Izquierdo con sus respectivos equipos al frente del canal autonómico son aldeanos globales y saben ver lo que viene, incluso ver en lo que no hay.

Se trata, en definitiva, de aprovechar las bondades de Galicia como plató natural y la alta cualificación conseguida por nuestros profesionales para que nuestro audiovisual dure mil primaveras más, pero para eso hacen falta generosidad y altura de miras. Pensar que nuestro audiovisual va a sobrevivir y a ser grande sin contar con el castellano y el portugués y que podemos ser autónomos trabajando solamente para tres millones de gallegos, sería dispararnos en el pie. En los años 30, Hollywood fichó a Jardiel Poncela y a Luis Buñuel, entre otros, para hacer las versiones en español de los grandes éxitos. Un poco más tarde, la UFA alemana también usaba cómicos españoles para hacer remakes. Son modelos a tener en cuenta.

Hace 17 años regresé a Galicia. Por entonces parecía más fácil ir a la Luna que a Hollywood. Ahora estoy a punto de superar los mil capítulos como productor de ficción televisiva, pero de lo que más orgulloso me siento es de haber sido el promotor de Nada es para siempre, una serie juvenil que se grabó en Galicia a finales del siglo pasado y que permaneció casi dos años en la pantalla de Antena 3. Este es el camino. Producir desde Galicia para crear puestos de trabajo en nuestra tierra y promocionar nuestro turismo en todo el mundo. Lo mismo que ha pasado en cine con El Desconocido. Siempre tengo muy presente la frase de Alvaro Cunqueiro que dice que hay que soñar mucho y bien las cosas para que luego ocurran. Lo que demuestran los goya recibidos por Coira y Machado es que todavía estamos a tiempo de que Xabarín deje de ser un nini y esto pueda ser Galiwood.