Mañana

Mañana es un adverbio de tiempo, que diría Joan Manuel Serrat. “Nunca llegarás a nada”, rezaba por título un libro del olvidado Juan Benet; él mismo anunciaba -en otro- “Volverás a Región”, ¿Cuándo?, mañana. “Vuelva usted mañana” vislumbraba a modo de muletilla patria un cronista de la talla de Larra. El mañana puede ser todo o nada, pero siempre con un propósito a modo de línea de horizonte: “El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”, que apuntaba André Maurois. 

Mañana será hoy mañana; una forma como otra cualquiera de relativizar el tiempo, o de apresurarse a perderlo, todo en su conjunto o por partes, pero -siempre- con buenos propósitos, al menos de entrada: “Nunca es tarde para no hacer nada”, decía el poeta Prévert. El mañana  puede ser cualquier cosa, incluso un laberinto intrincado como los cuentos de Borges, o un extraño juego de rayuela, al modo de Cortazar; un mundo sin porvenir como el del ya citado Benet; u otro muy intrincado como los relatos de Kafka o Henry James. Un mañana con forma de fábula como los cuentos de un ser tan dolido con final trágico como Horacio Quiroga. Para mañanas trágicos, el de Roberto Bolaño que se hizo con un lugar en la gloria por aferrarse a la escritura y olvidarse de la salud al escribir. 

Mañanas turbios, entre retazos de la exageración vivida y la ensoñación etílica, en formato Bukowski; o trágicos y suicidas al modo de Foster Wallace. El “´Mañana”de eternidad y gloria de García Lorca: “Ella es niebla y es rosa de la eterna mañana”. 

El mañana puede estar también escrito, si no ayer, sí en un ayer histórico como el de “Crónica de una muerte anunciada”¨del genioso García Márquez. El mañana puede ser fustrante, o tan frustrante como el ayer, también crítico y escandaloso al modo del decimonónico universo del “Madame Bovary” de Flaubert. El mañana puede aferrarse a lo poético, en un torrente personal y literario como Cela: “La mañana, antes de teñirse de color pastel, es negra como la boca del lobo...”. Mañana es esperanza, lucha, emoción y sueño. Nos falta el final perfecto, que diría Chaplin.