La hora de arrugarse

La hora de arrugarse

Carme Forcadell no ha seguido la misma línea de defensa que sus amigos los ex consejeros del Govern, y no solo no se ha negado a responder al juez, sino que lo ha hecho con todo detalle, al igual que sus compañeros de la Mesa del Parlament. Y ha dicho algo que demuestra que los independentistas oficiales  empiezan a arrugarse: que la Declaración Unilateral de Independencia era algo simbólico, no un asunto que se iba a llevar adelante contra viento y  marea. Es lo que faltaba, tras la huida de Puigdemont a Bruselas, que ha dejado a sus consejeros en una clara  situación de debilidad porque  la juez podía presuponer, con razón, que también ellos podían escaparse  y por tanto consideró el encarcelamiento como la mejor medida cautelar. 

A nadie se le puede exigir que sea un valiente, pero sí que mantenga mínimamente las formas. Y los independentistas, con alguna excepción, no han dudado en tirar por la calle de en medio cuando venían mal dadas. No hace falta hacer el recuento de las reacciones cobardes que se han visto estos días, como las mentiras o echar la culpa a subordinados.   Sin embargo, lo más repugnante es utilizar a menores, a niños, para tratar de protegerse. Lo que en lenguaje bélico se llama utilización de escudos humanos, que es lo que suelen hacer los ejércitos más desprestigiados.

La jornada de  huelga del miércoles fue un fracaso. Pero los que la siguieron, ante el fracaso, decidieron paralizar los transportes, y no lo hicieron sacando pecho y a cara descubierta, sino utilizando a sus hijos y nietos.  Niños de  ocho o diez  años ocupando vías del ave en la estación de Sants  o pintando grafitis independentistas y a favor de que se liberara a los “presos políticos”. Si ese es el método que gusta a quienes pretenden crear una república independiente, deberían levantarse furiosos los republicanos de corazón y los independentistas de buena fe, que los hay y merecen un respeto. Aunque poco se puede esperar de quienes se autoproclaman exiliados cuando se han ido porque les ha dado la gana y sin que estuviera en riesgo su vida –como tantos españoles que cruzaron la frontera hace décadas, perseguidos por un dictador inmisericorde- , o hacen política a través de medios de comunicación extranjeros que no se toman la molestia de comprobar los datos que  les facilitan,  o dejar tirados a compañeros desbaratando su defensa judicial para tratar de salvarse a uno mismo. Pero sobre todo y por encima de todo,  llamando a la participación a  críos  previamente adoctrinados por profesores que no merecen el nombre de maestros. Es algo que avergüenza, que indigna. 

Aunque quizá esas imágenes vengan bien a quienes defienden la legalidad y la Constitución española: al menos los medios extranjeros dubitativos, o crédulos, comprenderán de una vez por todas cómo se las gastan Puigdemont y todos aquellos que pretenden convertirle en héroe.