¡Ay, España, España!

¡Ay, España, España!

Africana y pirenaica, pródiga y austera, mística y descreída. Extremista. De Gaudí y de Atapuerca. Diferente por sublime, y por ridícula. Siempre exagerando, siempre dando la nota y, en vez de enorgullecerse de sus logros, siempre malmetiendo para adentro. Así es España. 
 Y no importa que seas gallego (desconfiado), asturiano (bebedor), cántabro (listillo), vasco (poco follador), riojano (borrachín), aragonés (cabezota), catalán (tacaño), castellano-manchego-leonés (simple, gañan, cazurro), madrileño (chulo), valenciano (pirómano), extremeño (rústico), andaluz (graciosillo), canario (aplatanado), murciano (pueblerino), balear (cerrado a los forasters)… -creo que no me ha quedado ninguno por vilipendiar-: todos estamos de acuerdo en algo: ¡España es una mierda! 

 En estos días se llenaron las calles de mujeres iracundas: ¡nos matan!, ¡nos esfolan!, ¡nos violan!, la de dios. Y no hay tal. Ni hay color: a pesar de lo que encizañan los “feministos”, y los “macholos” que criminalizan el halago, glorifican el menstruo y reivindican el pelo en los sobacos –me imagino que también las ladillas, como animales en especie de extinción-, España es de los contados países del mundo donde se discrimina por razón de género -si es que alguna discriminación es "positiva"- y donde la violencia machista -incluso comparada a la de los países nórdicos, como Finlandia o Suecia- es inferior. 
 Pero por si no había ya bastantes fisuras internas entre nosotros, ahora se trata de dividirnos por la bisectriz, de confrontarnos por el machihembrado, de auto lesionarnos por la diferencia biológica: varones versus féminas, hasta la aniquilación total. Muerto el perro, y la perra, se acabó la sexofobia. 

España, esa corrala mal avenida más que un país, en donde, aun así, se vive de puta madre -80 millones de turistas nos visitan y 193 estados soberanos nos admiran-, tiene otros problemas en verdad sangrantes que tendrían que hacernos acampar en las calles hasta que quienes elegimos para solucionarlos no se pongan en serio a trabajar: la falta de natalidad, la escasa conciliación de la madre trabajadora (una paga a las amas de casa aún a costa del 0,7% de la Iglesia, de las subvenciones a los sindicatos, a los partidos políticos, de las prebendas fiscales de las empresas del IBEX, etc., es de justicia), el fracaso escolar, el paro juvenil, la insostenibilidad de las pensiones, la descomunal deuda externa (gastamos más en pagar intereses, que en sueldos de funcionarios públicos), la corrupción rampante, la falta de independencia judicial, la interconexión de los tres poderes, los abusos de la banca y de las eléctricas -con la connivencia de quienes nos gobiernan-, la burocracia que nos lastra y el despilfarro de las 17 cleptocracias… Y, como causa y efecto, los políticos ¡ay, los políticos! 

 Pero nuestro extremismo se vuelve desidia, nuestra furia mansedumbre y nuestro dramatismo permisividad a la hora de juzgar a esa ralea que ni para donar sangre sirve. Esa es nuestra maldición. Nuestro principal problema. Y nuestra verdadera lacra.