Rubia, o feminista

Rubia, o feminista

Malik Ibn Benaisa se define así a sí mismo: “Orgulloso de ser musulmán, español y melillense. Padre, esposo e hijo”. Y asimismo se delata. Lo de hijo –a no ser que lleve implícito ‘ilegítimo’- sobraba. 

Es un santón. Un mea púlpitos. Ayer me mandaron un vídeo de una de sus admoniciones religiosas: “No os acicaléis como hacían las mujeres de la época del paganismo; que las mujeres bajen sus miradas y que guarden sus atractivos y no muestren más adornos que los que están a la vista; y que cubran sus pechos con sus velos hasta la cintura; porque una mujer musulmana se puede poner su pañuelo, pero si luego se pone un pantalón vaquero apretado, una chaqueta que le marque el cuerpo, unos zapatos de tacón, se maquilla, se perfuma y sale a la calle paseándose delante de los hombres que huelen su perfume,  esta mujer es una fornicadora. Y cada mirada que la mire es una fornicación”. Dice que lo dijo Alá por boca de no sé qué bocazas.  Y añade: “Que Alá maldiga –y lo repite-, que Alá maldiga a las mujeres que se hacen tatuajes y a las que les hacen los tatuajes; a las mujeres que se depilan las cejas y a las que les depilan las cejas…” Y otros aljófares por el estilo.

El colofón final es despreciable. Pero no tiene desperdicio:“Nuestras hermanas musulmanas son diamantes, son tesoros, son perlas y por eso se cubren para tapar su belleza, porque su belleza es para su esposo”. 

Primero: el paganismo no ha muerto, gracias a dios. En la religión cristiana los días festivos (días santos) como la Navidad, la noche de San Juan, la Semana Santa son más paganos que el propio don carnal. El Ramadán es un jolgorio y una francachela nocturnales que, durante un mes,  les permite a los musulmanes holgazanear desde el orto hasta el ocaso.

Segundo: Muchas mujeres paganas van envueltas hasta el moño; las esquimales de la región central de Canadá, por ejemplo; su dios, su protector sobrenatural, su divinidad reside en la naturaleza y en el mundo animal. Otras, muchísimas europeas, pasan de todo dios y no por ello van enseñando las lorzas (que de todo hay bajo las anchurosas chilabas).   

Tercero: Si fornicar es perfumarse y los fornicadores son unos olfateadores, los mártires de Alá solo husmearán a las huríes, que, por babosos, terminarán por entenderse entre ellas mismas.

Cuarto: Puede que las mujeres musulmanas tengan que ocultar su belleza (yo he visto algunas más feas que Picio), pero si son perlas, tesoros, diamantes, como dice el tal Malik, tal vez no sean apropiadas para los cerdos.

Y Quinto, y ensuciando para casa,  ¿por qué nuestras feministas, no ponen el grito en Melilla? ¿Por qué más bien se callan como… cómplices? ¿Dónde está (bonita de cara por cierto, pero con el morro más pintarrajeado que un cuadro de Miró) la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género? Ya sé: ocupada en censurar los piropos. 
 El otro día le pregunté a una moza que si su padre era arquitecto (tenía unas proporciones áureas, unas medidas helenas, era perfecta). “¿Por qué me lo preguntas?”, quiso saber. “¡Porque estás más buena que dios!”, pensé (los pensamientos no delinquen). “Porque tienes los ojos más grandes que los pies”, le contesté. Casi me escupe. No entendió nada. Era rubia. 
O era feminista.