Manzaneda en espera

Manzaneda en espera

Confirmado por testigos presenciales y certificado por el Google Maps: desde las vistas de balcón que ofrece la residencia presidencial de Monte Pío no se divisa rastro de la única estación de montaña de Galicia. La orientación al Este de la fachada enseña un horizonte recortado por las afiladas torres de las iglesias de San Francisco, San Fructuoso y la Catedral. Ese debe ser el paisaje que acapara la mirada perdida de los presidentes cuando se inicia el día y planifican su jornada. A poco que inclinasen su mirada en dirección sureste, con algo de altura en su visión, podrían posar su mirada, en un vuelo imaginario podrían posar su mirada en la seductora barrera montañosa del Macizo central.

Sin embargo, aquí desde Manzaneda, podemos dar fe (y pruebas) de nuestra condición de paisaje ignorado desde los balcones de Monte Pío y desde las cristaleras caprichosamente orientas de San Caetano. Y aun así no perdemos la paciencia ni por supuesto la exigencia. Nos aferramos a la recientemente renovada promesa de ese proyecto de innivación imprescindible para situar definitivamente nuestra estación de montaña en el lugar de élite que por méritos le corresponde ocupar en el desarrollo económico turístico de Galicia.  No desesperamos pese a las desesperantes contradicciones que se derivan del comportamiento de la Administración autonómica. Aquí en Manzaneda, no olvidamos que el 23 de abril, diversos medios de comunicación anunciaban un Consello de la Xunta en el que supuestamente se aprobaría la entrada de la Diputación provincial en el accionariado de la estación y la “inversión necesaria” de la Xunta para asegurar la ejecución del ansiado plan y con él 120 días de nieve al año, un lujo turístico para Galicia y un revulsivo definitivo para una de sus comarcas más deprimidas demográficamente.

Efectivamente entró la Diputación en el accionariado y anunció su presidente, Manuel Baltar, que lo hacía con la intención de aportar al menos dos millones de los cerca de cinco necesarios para desarrollar la primera fase en 2016. No queda sin embargo rastro informativo de aportación económica alguna por parte de la Administración gallega. Ningún representante de la Xunta ha vuelto a verbalizar públicamente  ese compromiso inversor.  Tuvo ocasión de hacerlo la secretaria xeral de Turismo, Nava Castro, en un foro monográfico sobre la estación de montaña, en el que situó este destino como una prioridad en sus planes y entre otras frases de exaltación aseguró literalmente que “o feito de contar na nosa comunidade cunha estación de montaña enriquece a oferta turística de Galicia e consolida o noso destino como un modelo sostenible”. Ni una palabra sobre la “inversión necesaria” anunciada unos días antes. Desde entonces hemos pasado ya una campaña electoral,  pronto vendrán las elecciones generales y, a la vuelta de poco más de un año, los comicios autonómicos. El tiempo vuela y aquí en Manzaneda nos tememos ya que el desarrollo del celebrado plan de innivación, con fecha de arranque en el 2016, coincida con un cambio de gobierno autonómico y que los compromisos de palabra con la estación de montaña de Galicia se desvanezcan otra vez como aguanieve.

No caben excusas de ningún tipo. La innivación es un denominador común en absolutamente todas las estaciones de esquí. De todas sin excepción. Es una necesidad objetiva e imperiosa en Manzaneda, su rentabilidad económica y social está avalada por la experiencia, el proyecto ha sido evaluado al detalle y el consenso es abrumador a tenor de lo manifestado públicamente por políticos y agentes socioeconómicos.

Todo encaja en teoría a nuestro favor, pero nos sigue faltando una pieza del puzzle. Aquí, en Manzaneda, tenemos de momento el compromiso firme de la Diputación, la implicación de una empresa privada, OCA, que se juega su dinero y su prestigio, y el deber de exigir al accionista mayoritario de Meisa, la Xunta de Galicia, que ponga sobre la mesa euros contantes y sonantes. Cuanto antes. Estamos prevenidos y hartos de políticos que nos venden la moto y, en el último momento y al descuido, se piran sin pagar lo que nos deben.