El día de la felicidad

El día de la felicidad

Teniendo en cuenta que por razones que desconozco ayer se celebró el día de la felicidad, no parece muy fuera de tono dedicar algunos instantes a reflexionar sobre un bien tan escaso y probablemente y como el gato montés, en trance de extinción. Personalmente no opongo gran resistencia a que se celebre el Día del Padre aunque sospecho que la determinación de una fecha de esta naturaleza coincidiendo con el que se dedica a San José -oscuro padre del niño Jesús quien al parecer se enteraba de bien poco y no daba la tabarra- tiene un origen comercial muy parejo al que originó el Santa Claus vestido de rojo y con barba blanca con el que todos nos identificamos ahora. Lo imaginó un espléndido dibujante llamado Thomas Nast para una campaña de publicidad de Coca Cola cuyo primer anunció se publicó en el suplemento dominical del “Evening Post” en la Navidad de 1920.

Pero si bien y especialmente para los papás primerizos el Día del Padre ofrece muchas satisfacciones, lo de dedicar un día a un concepto tan intangible y personal como la felicidad me parece una mamarrachada. Yo que asistí a aquella idealizada época del no hagas la guerra sino el amor y pon una rosa en el cañón del arma en vez de una bala, sospecho que todo aquello fue una filfa de la que salimos ganando los que escuchábamos música y pudimos disfrutar de los talentos que le pusieron la banda sonora: “Crosby Stills & Nash”, “Lovi’n Spoonful”, “The Mamas & the Papas”, “Vanilla Fudge”, “Jefferson Airplane”, “Byrds” y artistas de semejante tamaño. Lo demás era felicidad confeccionada por decorados de cartón piedra y escrita con una literatura que ahora da hasta risa leerla. “Amar es no tener que decir nunca lo siento”… Pues vaya usted a tomar por saco.

Decía Oscar Wilde, que de desventura y humillación sabía un rato, que cuando la gente estaba de acuerdo con lo que decía es que él debía estar equivocado. Sospechaba que había sido puesto en un mundo que no era el suyo expresamente para empaparse de infelicidad. En mi modesta opinión, la felicidad es un término tan inestable y sospechoso que uno puede ser inmensamente dichoso ahora mismo y profundamente desgraciado cinco minutos más tarde. El tiempo que tarda el cartero en subirte a casa una carta de la Agencia Tributaria.