La maldita curiosidad

La maldita curiosidad

La épica del periodismo dice que fue en los Estados Unidos donde comenzó a activarse una nueva manera de ejercer el oficio que consistió en recorrer las calles a la búsqueda de buenas historias como hizo por ejemplo Tom Wolfe. Hasta que estos jóvenes inquietos que se plantearon una renovada manera de ejercer la profesión no comenzaron a practicarla, los programas de noticias eran pura rutina y nadie les hacía mucho caso hasta que la tele logró que el público se interesara por ellas, los presentadores se hicieron populares y los noticieros comenzaron a dar pasta. Sorprendentemente mucha pasta. Uno de los mejores conductores de programas de noticias de la mañana en una cadena puntera asegura que allí comenzó y terminó todo. Las noticias producían ganancias así que había que ir con pies de plomo y no cabrear a los anunciantes. Se perdió espontaneidad, intención, y sobre todo, verdad.

Es cierto que el llamado “nuevo periodismo” sacó las redacciones a la calle, y quizá esta manera de comportarse mostró un nuevo horizonte, pero yo estoy convencido de que lo que verdaderamente hizo grande este periodismo nuevo fue la curiosidad. Los periodistas estadounidenses inventaron algo realmente brillante aunque palmario que consistió simplemente en preguntar. Preguntar, preguntar y preguntar. A todo bicho viviente como quien dispara una ametralladora. Así, preguntando, recibiendo desplantes, escuchando como se cuelgan el teléfono, fracasando una y otra vez llamando inútilmente doscientas veces al día, Woodwar  y Bernstein sacaron adelante su historia del Watergate porque un día alguien rompe la dinámica y contesta. “¡Jeesuuus, Bobby! –le dijo Bernstein a Woodwar tras la primera respuesta positiva- ha dicho que sí. Que nos puede contar algo”.

Hace unos días, uno de los nuestros que fue a gestionar un permiso en el consulado de su país en Estambul para casarse, fue troceado vivo en sus dependencias y luego decapitado. Parece una locura que Khashoggi se metiera solo en la boca del lobo, pero yo creo que le pudo la curiosidad. A ver qué pasaba allí… Y como a muchos de sus colegas que somos todos, la puta curiosidad le costó la vida. Y a nadie le importa demasiado.