Peinando canas

En el archiconocido tango, el inmortal Carlos Gardel se lamentaba con amargura: “volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien…” Metáfora del paso inexorable del tiempo, las canas simbolizan la sabiduría y la madurez. En la cruz de la moneda, no sin cierto sarcasmo e indudable machismo, la paremiología recoge el dicho “hombre canoso, hombre hermoso” para ensalzar la supuesta prestancia del cabello blanco sobre las cabezas masculinas, o aquella otra famosa frase de “echar una cana al aire”, que nos libera de la paradigmática alegoría de la senectud intentando fugazmente rejuvenecer, aunque por un instante. 

Dejando a un lado estas consideraciones culturales, recientemente los medios de comunicación se han hecho eco de diferentes informaciones científicas que asocian las canas con diferentes patologías. La primera de ellas se refiere al gen IRF4, relacionado con el color del cabello y la aparición de las canas. Además de su indudable interés antropológico, los investigadores han descubierto diferentes vínculos de este gen con los procesos de envejecimiento y enfermedad. Porque la decoloración capilar podría estar relacionada con un mayor riesgo de deterioro cardiovascular, o por lo menos así lo manifiestan un grupo de expertos de la Universidad de El Cairo (Egipto) dirigidos por el cardiólogo Irini Samuel. Estas afirmaciones podrían parecer una perogrullada, pues los cabellos canos son más frecuentes en personas de mayor edad, un grupo de edad donde las enfermedades cardiovasculares resultan prevalentes y además representan la primera causa de mortalidad. 

Sin embargo, no todas las personas presentan canas a la misma edad. Podríamos encontrarnos ante un marcador de edades biológicas (que no cronológicas) más avanzadas. Y es que la aterosclerosis comparte mecanismos patogénicos con la decoloración capilar, sobre todo respecto a la reducción de la capacidad de reparación del ADN celular, junto a un incremento del estrés oxidativo y de la inflamación, en determinados cambios hormonales y en el deterioro celular asociado al paso del tiempo. Por el momento, estos hallazgos no pueden generalizarse, puesto que el estudio egipcio se llevó a cabo exclusivamente con varones; por supuesto, ni quedarse calvo ni teñirse el cabello mejoraría el riesgo cardiovascular. Ojalá. Finalmente, y en este caso mediante investigaciones con ratones, expertos de la Universidad de Alabama (EEUU) han relacionado los genes que controlan el color del cabello y la alerta inmunológica desencadenada por infección patógena. 

Este hallazgo relaciona el cabello gris con la inmunidad natural mediada por el MIFT, el factor de transcripción implicado en la regulación de diversas funciones de los melanocitos, las células productoras de la melanina que colorea nuestra piel y cabello. Es hora de recordar al genial Miguel de Cervantes, cuando nos recomendaba no escribir con las canas, sino con el entendimiento, una habilidad que mejora con los años. Habitualmente.