Low cost

Es el bajo coste, concepto mercantil más en boga desde el inicio de la Gran Recesión de 2008. Una cultura factible dentro del comercio de ocasión, pero muy alejado del contexto de la oferta de bienes y servicios de primera línea. Con la revolución de las comunicaciones han tomado auge las plataformas digitales dedicadas a ofrecer desde un seguro de automóvil hasta un implante dental al precio más económico.

El ámbito de los servicios ha mudado a un duelo de gladiadores en pos de una supervivencia laboral cada vez más difícil. Los comparadores exprimen cada vez más a los profesionales bajo la permanente amenaza de la exclusión del mercado laboral si no se avienen a incorporarse a su tinglado y mantener una línea tan continua como inasumible de reducción de importes.

El ejemplo más claro es la guerra abierta entre taxistas y Urber o Cabify. Un conflicto alimentado por el brutal escalón entre los 30.000 euros y los 130.000 euros de diferencia entre la plaza que abonan los servicios alternativos de transporte y los taxistas. Resulta obvio que la disparidad constituye un agravio contra el transportista tradicional, en absoluta indefensión a la hora de competir en igualdad de condiciones contra las compañías emergentes.

Pero la fantasía del bien más asequible comporta en realidad un drama camuflado de quimera al analizar la situación en profundidad. La consecuencia primera es la destrucción de puestos de trabajo con un impacto directo sobre la economía circular: a menor rango de población activa ocupada menor recaudación tributaria y mayor gasto social.

Este último punto es sencillo de comprender hasta para el más tosco cerebro, a excepción del circo del doctor Falcon, el astronauta, la Calvo y la Calviño quienes, desoyendo las indicaciones del gobernador del Banco de España, por la compra de un puñado de votos con la subida a 900 euros del SMI, ha conseguido destruir en un sólo mes el mayor número de puestos de trabajo de toda la historia, alcanzando 606.000 bajas en la Seguridad Social entre el 1 y el 3 de enero de 2019.

Esta facultad de Sánchez ya a nadie extraña luego de la larga sombra de una manida tesis que, en el siguiente capítulo, se saldó con un ensayo redactado por Irene Lozano, aunque con la estilográfica sostenida por un auxiliar para evitar salirse del renglón al imprimir su nombre en las pastas. Así de claro se manifiesta que su capacidad para escribir libros es directamente proporcional a su talento para gobernar.

Pero si la reducción de costes afecta de manera directa a la macro economía, no menos ataca a la calidad productiva. El valor de mercado de un bien o servicio resulta del cociente entre el coste de la mano de obra y materia prima, sumado a los gastos de transporte, distribución e impuestos. Apretar a los productores para continuar bajando los precios sólo es posible a costa de la estabilidad y calidad laboral, así como de la bondad de la materia prima y del producto final. Un modelo que, lejos de fomentar la competitividad, apenas aboca a la ruina.

El país adolece de tres problemas clave para impulsarse. Carece de suficiente competitividad coherente cuya solución pasa por abandonar el paradigma de un sólo motor de economía que aglutine a todo la industria, diversificando la producción y deteniendo la sangría de la fuga de cerebros. Una pirámide poblacional invertida que hace insostenible el modelo social y el sistema de pensiones, sólo salvable con la recepción de una bolsa considerable de inmigración ordenada. El tercer obstáculo radica en el Gobierno central. Lejos de las inclinaciones políticas es imprescindible disponer de escaños suficientes para garantizar la gobernabilidad, cuya solución pasa por convocar elecciones. Se puede vivir con una venda en los ojos pero, como dijo Soren Kierkegaard, existen dos maneras de ser engañados: creer lo que no es verdad, o negarse a aceptar lo que sí lo es.