Santo que mea, maldito sea

Santo que mea, maldito sea

Cualquier mente dotada de sentido común e inteligencia es consciente de que, por definición, la democracia es una forma de gobierno que, ejerciendo la soberanía el Pueblo, se identifica por la división de poderes, el respeto a los derechos y libertades individuales, la participación ciudadana, la elección de representantes, el sufragio universal y las garantías procesales. Por contraposición, la ausencia de estas características define sin ambigüedades a la dictadura.

En un pasado un individuo armó un ejército, combatió a lo largo del país y finalmente, mediante un golpe de Estado, usurpó el poder hasta entonces legítimo ocupando el Gobierno, confinando en las cárceles durante décadas a la oposición, purgando, torturando y fusilando a presos políticos. Obligó al exilio a quienes no comulgaban con él y, sumiendo en la opresión con un régimen de terror a los que se quedaron, impidió la libre salida del país a todo ciudadano, salvo aquellos a quienes se le autorizase. Adoctrinó al pueblo manteniéndolo subyugado y en la miseria, rehén del miedo, abasteciéndolo con cartillas de racionamiento, sistema que, además de suministrar lo mínimo y menos de lo necesario, se presta a todo tipo de corruptelas. Tras cuarenta años en el poder amoldando sociológicamente a la población, debido a la enfermedad, en sus últimos tiempos paulatinamente fue delegando para al final morir con tranquilidad en su cama.

Por supuesto se trata de Fidel Castro, aunque muchos con seguridad pensaron en el Caudillo. Es la imagen similar de dos dictadores en distintos países: España y Cuba, Franco y Castro. Sanguinarios, vengativos y golpistas. Esbozar a uno es dibujar el vivo retrato del otro. Lo grave es que al mencionar a Franco algunos se apresuran  a decir que fue un golpista asesino mientras a Castro lo rodean con la aureola romántica del revolucionario. Hay quien sostiene que esa diferencia de basa en la magnitud de su crueldad, argumentando que el español asesinó a más gente que el cubano. Lo cierto es que en 1936, España contaba con una población de  23 millones y medio de habitantes mientras en la isla caribeña apenas había seis millones en el año 1952. 

Es evidente que en términos absolutos Castro mató a menor número de opositores porque de lo contrario se habría quedado sin gente a la que mandar, pero en términos relativos las cifras hablan por sí solas. Además, mientras el gobierno del Generalísimo llevó a cabo cuantiosos ajusticiamientos, se realizaron luego de juicios sumarísimos, en tanto Castro se las arregló con ejecuciones sumarias.

Cierto que los juicios de la dictadura franquista se desarrollaron sin todas las garantías procesales exigibles, pero en la castrista directamente se eludió el proceso previo pasando de la detención al cadalso, y ejerciendo incluso en algunas ocasiones el propio Castro como verdugo, descerrajándole un tiro en la nuca al condenado, tal como atestigua la profusa documentación gráfica en la que comparte con Ernesto Guevara habanos, risas y ejecuciones.

El problema de un ideario enfermo está en ver en uno a un tirano y en el otro a un beato, como viene sucediendo con Podemos y sus convergencias al calificar a Nicolás Maduro. Basta seguir la sucesión de sus actuaciones para establecer que es un dictador y un golpista, por más que al igual que Hitler o Mussolini, en un primer momento accediera legalmente al poder .

Lo peor es que, empeñados en supeditar a la generalidad con sus ideas, sin el menor respeto por la libertad de pensamiento ni expresión ajenos, ante la menor crítica a sus postulados, los Podemitas de inmediato cargan contra todo, fulminando a quien pillen con insultos y reproches, acusándolo de fascista sin que la mayoría social reaccione ante el agravio, olvidando que esa dejación e indolencia son  la madre de la tiranía, porque el Totalitarismo no es una ideología de izquierda o derecha, sino la mala costumbre que tienen algunos de querer imponerse a todos, llegando al extremo de decidir lo que pueden o no pensar los demás.