Perros (y amos)

“Vamos hombre y perro reunidos por la mañana verde, por la incitante soledad vacía en que sólo nosotros existimos, esta unidad de perro con rocío y el poeta del bosque, porque no existe el pájaro escondido, ni la secreta flor, sino trino y aroma para dos compañeros, para dos cazadores compañeros”. Pablo Neruda.  

No hay mejor maestro que la propia experiencia personal. De ella se extraen lecciones de vida, se adquieren o corrigen pautas de conducta y finalmente uno queda imbuido de cierta autoridad moral para exponer crítica o contrastar opiniones ajenas sin caer en la pura temeridad. Se sabe de lo que uno habla cuando lo ha vivido y precisamente porque así lo ha vivido. Así, les cuento que hace unos días caminaba tranquilo por una de las calles de esta ciudad, a ritmo pausado. De frente se acercaba un grupo de muchachos —de quince o dieciséis años, me parecieron—en formación horizontal, ocupando de lado a lado el ancho de la acera. Risoteaban, ufanos.

Yo avanzaba por la derecha, creyendo que al llegar a mi altura el del extremo se apartaría para dejar el paso libre. ¡Ingenuo! Fui yo el que tuvo que bajarse de la acera para evitar el choque, y aun así hubo un leve roce de hombros. Tranquilo, me dije, no merece la pena liarla, no habrá mamado educación. Pero sí lancé al grupo una furibunda mirada pues nada más cruzarnos uno de ellos lanzó con habilidad, cual canica, una colilla de tabaco, de suerte que a punto estuvo de alcanzar la pantorrilla de una anciana que caminaba delante. Era un grupo de muchachos, no una manada de perros que olisqueaban sin pudor piernas ajenas; eran éstos unos chavales a los que se les presupone ilusoriamente educación y civismo cuando carecen de ambas virtudes. Eran personas, no canes. 

Ese mismo día decidimos unos cuantos ir a cenar a los vinos. La velada se alargó más de la cuenta, y nos mezclamos entre el gentío que pululaba por los alrededores de la  hermosa catedral, y allí a lo lejos vimos cómo un borracho impresentable no tuvo mejor idea para aliviar su vejiga que “regar” la piedra catedralicia. Puro asco. Y no, no era aquélla la estampa de un can levantando la pata ante la permisividad de su amo para mear sobre un muro pintarrajeado tantas veces por vándalos grafiteros. Era un hombre, un ser al que llaman racional.
Hay personas cívicas, educadas y respetuosas con el prójimo; hay otras que desconocen las reglas de convivencia, son maleducadas y gamberras, insensibles ante el deterioro del patrimonio y amantes del destrozo del mobiliario urbano. Unos y otros pueden—hasta donde yo sé — poseer un can. No será raro, pues, que haya personas extremadamente educadas dueños de un perro, y vándalos sin tal animal. Y viceversa. En todo caso, ¿qué culpa tiene el can?

Termino dejándoles un párrafo del artículo “Un adiós silencioso”, de  Vicente Romero, publicado en El Mundo el 13/04/2015 con ocasión de la muerte de Eduardo Galeano, en el que el periodista reproduce extractos de una entrevista efectuada al escrito uruguayo en su domicilio: 

 “Si las discusiones sobre fútbol le apasionaban, las conversaciones sobre perros abrían espacios íntimos. Eduardo nunca olvidó a Morgan, su fiel compañero de largos paseos por la playa cercana a su casa, que murió en 2011. Con infinita tristeza contaba cómo fue incapaz de contener el llanto al regresar solo a casa, la tarde aciaga que llevó a Morgan por última vez al veterinario. Pero se le iluminaba el rostro acariciando a cualquier cachorro que le presentábamos…”.

Si el hábito no hace al monje tampoco el can da ni quita educación. Ésta se mama o se adquiere, lleve uno o no sujeta una correa. Creo.