Terapia de choque

Terapia de choque

Los cinco presuntos violadores esperan en los calabozos a que les tomen declaración. Están aislados en celdas independientes, pero saben de memoria lo que tienen que contestar. Se lo han repetido varias veces en el bar al que fueron a tomar unas cervezas para celebrarlo. Para brindar, ¡qué narices!, por la «salud» de la chica que dejaron tirada y medio desnuda en el portal, con las piernas abiertas y el alma destrozada. Para berrear mientras chocan las jarras «¡Coño, qué polvo, colegas, y qué máquina la tía rubia ésa!». El plan estaba claro: «Si alguien nos pregunta, tenemos que decir que fue ella la que empezó, que quería marcha con los cinco…, vamos, que estaba muy caliente y que todo pasó sin que la obligásemos a hacer nada. ¡Macho, esto son los sanfermines!, no sería nada raro que hubiese pasado así de verdad. ¿Es que no veis cómo van todas las tías por la calle, borrachas como cubas y provocando al personal? Así que no me jodáis, y no contéis otra cosa distinta si alguien os dice algo. ¡Venga, colegas, aquí ya hemos estado mucho rato! Apurad las birras y nos vamos a aquel bareto a pedir otra ronda. Pensar ahora en esa tía me ha puesto cachondo otra vez».

Quien así habla es el jefe del grupo, al que él mismo le puso el sobrenombre de manada; también él fue el primero que la violó, mientras ordenaba que la sujetasen fuertemente por los brazos y piernas para que pudiese penetrarla sin oposición. Fue él quien, al tiempo que la forzaba, miraba a la cámara del móvil para que quedasen bien grabados sus jadeos y risotadas con los coros de fondo mientras la embestía. De ese modo, cuando días más tarde todos ellos visionasen la escena, nadie podría poner en duda quién es el más macho de la manada, el puto amo. Quién le echa más huevos al asunto. Pero ocurrió que no entraba en sus planes que la policía requisase el móvil. Y tampoco contaba con que le tocase como instructor un tipo duro, esos de ideas claras y principios inamovibles; un esposo y un padre de una niña que pensaba que aquél que violase a una mujer era, sencillamente, una puñetera escoria.

«Vaya, cómo te diviertes con ella mientras tus amigos la sujetan, haciéndote el trabajo sucio —le dice, contemplando la grabación—; a lo mejor, ¿qué te parece?, esa chica es mi hermana. Pregúntame, pregúntame ahora si esa mujer que violaste es mi hermana. ¡Vamos, gallito, ten ahora el mismo valor para preguntármelo!».

El jefe de la manada ya no lo es tanto; puede sentir su orina en el pantalón húmedo, sus piernas flaquean y es incapaz de tragar saliva. Tiene la cara del policía tan pegada a la suya, que puede sentir la ira feroz en sus ojos. Ira, o quizás las ansias de venganza que tantas mujeres ultrajadas han depositado en la mirada del hombre cabal y de principios. Para que las resarza de tanto mal soportado; para que no las deje tiradas también en un portal.

El jefecillo apenas puede balbucear la respuesta; ha olvidado lo que todos tenían que decir: «Lo siento. No, supongo que no es su hermana…, no sé lo que hice… pero ella… bueno… ella parecía que…»

«No, no es mi hermana —le interrumpe el policía—; ni la tuya, ¿verdad? Tampoco es tu novia, supongo, ni la de ninguno de los malnacidos que están ahí al lado. ¿O sí? ¿Le haces eso a tu novia? ¿Le pegas palizas de vez en cuando? ¿La desprecias delante de tus amigos para demostrarles quién lleva los pantalones en la pareja? ¿Qué pensabas cuando esa chica suplicaba que no, que la dejaseis en paz? ¿No escuchabas sus llantos y gritos? ¡Ah, mira, ya han llegado!, ahí está tu novia y tu madre; les he pedido que vinieran para que, mientras veis el vídeo, te expliquen bien que un NO siempre es un NO. Incluso en sanfermines. Ahí te dejo, machito»