Las llaves de la vejez

Las llaves de la vejez

En el recibidor del centro de pedicura esperaba a ser atendido un anciano con gesto de preferir estar en otra parte. Al hombre no le hacía demasiada gracia que un extraño le tocase los pies, pero las cariñosas palabras del hijo lo animaron a pasar cuando lo llamaron sin que se le notase el recato. "¿Cuántos años crees que tengo?", saludó con una pregunta a la callista. "Seguro que más de los que aparenta", respondió mientras ultimaba el material. "Ya he cumplido 84 años y sigo trabajando en la huerta los fines de semana", aclaró el hombre con la comprensible presunción del que llega a la vejez erguido como un castaño. El hijo lo descalzó con cuidado, la puerta se cerró, pero las finas paredes de las estancias permitían escuchar la conversación. 

"Le duele porque tiene un ojo de gallo en el pie derecho, pero no se preocupe que en media hora lo dejo como para salir corriendo". Al escuchar el diagnóstico y el tiempo que iba a durar el tratamiento, el hijo decidió salir a hacer un recado, pero le insistió al padre en que si acababa antes, lo esperase unos minutos en el recibidor. "No lo dejes salir bajo ningún concepto", solicitó a la callista.

Mientras ella trabajaba el pie, él le contó que había sido emigrante, primero en Venezuela y después en Suiza, que le gustaba más el campo, pero desde que enviudó no le quedó más remedio que trasladarse la ciudad para estar más cerca de los hijos. "Un estorbo, soy".

A la media hora estaba listo. Pagó los cuidados y se despidió con amabilidad. "No puede marchar, tiene que esperar aquí como dijo su hijo", insistió la pedicura. "No se preocupe, dígale que ya me he ido. Yo me las apaño bien, estoy acostumbrado a hacer la compra que me ordenan, salgo a tomar un café por la mañana...". Ella le ofreció el periódico para intentar disuadirlo, aunque lo rechazó. Se sentó un momento pero al minuto se levantó y dijo que se marchaba a dar un paseo. Como la desesperación de la trabajadora era palmaria, este chófer de anécdotas decidió echarle una mano preguntándole si al menos tenía las llaves de casa. El hombre se revolvió ante la impertinencia de un niñato, según el cribo de su edad, y espetó: "Yo sí. ¿Y tú?" Antes de que cerrase la puerta se escuchó: "¿Cómo se atreven a decirme lo que tengo que hacer?".