Era eso

No es cierto que Pablo Iglesias esté deprimido por verse a la cola en el último barómetro del CIS de este enero frío y cubierto de nieve. Él sabe sobradamente que esta encuesta sociológica está manipulada por el Gobierno y el bipartidismo. Ellos son quienes contratan al personal del Centro de Investigaciones Sociológicas desde que lo inventaron y lo cargaron con proyectiles sacados de la escopeta nacional de Berlanga. Por eso no se altera, aunque se muestre algo demudado y con pocas ganas de hablar del tema. Le sucede como con ese asuntillo de Cataluña donde el sorpaso se le ha vuelto otro resbalón para olvidar pronto.

Pablo suele meditar mucho con la almohada y su cabezal le ha dicho que no se preocupe si aparece tan mal valorado, peor incluso que el inútil  Rajoy y a la par del esotérico Joan Tardá, porque esas son apreciaciones subjetivas. ¿Qué representan esas miserables décimas de un 2,67 en un currículo como el suyo, donde los notables, sobresalientes y matrículas campan con atractivas mayorías? Simplemente debe sobreponerse y volver al ataque, sentarse en el rincón de pensar y construir nuevas estrategias.
Y ese parece ser el paso dado. Relegados al vagón de cola, en Podemos ven como el PSOE, esa obsesión por matar al padre, se les escapa a los asientos de preferente dejándolos a ellos en la clase de turistas, más estrecha e incómoda. Sí, esos mismos asientos que en el pasado se llamaban de segunda o de tercera clase. Pero como ya no hay clasismo queda más elegante ser de abajo o de arriba, preferente o turista. Ya se sabe, la Renfe siempre ha estado en la vanguardia de la realidad.

Ciudadanos también los ha pasado de vagón al salir de la estación de Cataluña. ¡Maldita derecha! A Rivera se le ha puesto cara de Moncloa y Pablo ha decidido tenderle la mano tan negada en el pasado inmediato. Sorprendente giro de 180º. Es como si el pragmatismo hubiera empezado a desplazar la indignación, a empujarla hacia el baúl de los recuerdos de Karina. Ahora de lo que se trata no es de construir una idea de izquierda fuerte, nueva, diferente, limpia y ajena a corruptelas. No, la cuestión que deberá preocupar a la ciudadanía en los nuevos tiempos será la reforma de la Ley electoral. La forma de repartir el pastel de los escaños.

Pablo lo ha dicho en alguna ocasión, un parlamento de 400 diputados será más eficiente que uno de 350. Y si no hay presupuesto para tanto asiento, se reparte el actual. ¿No suena esta cantinela a intereses de partido por encima de cualquiera otra cuestión social? ¡No, por Dios, como se les ocurre pensar semejante disparate! Sentarse con Rivera para hablar de escaños es más progresista que votar con C’s y PSOE para que gobierne Pedro Sánchez.
El del CIS no es más que un barómetro, que a veces acierta y otras no, pero los movimientos de Pablo Iglesias, sus vaivenes ideológicos, la falta de coherencia y el caudillismo, que se le supone, en poco tiempo convertirán al emergente Podemos en un reflejo de aquella UPyD también llamada a cambiar la izquierda y regenerar la vida pública. ¿Recuerdan? Qué fiasco, Pablo, Podemos era eso.