SUEÑOS DE OLIMPIA

París 1924: los Juegos como un escaparate

Una de las pruebas desarrolladas en el Stade Olympique de los Juegos de París 1924.
photo_camera Una de las pruebas desarrolladas en el Stade Olympique de los Juegos de París 1924.
Entre el 4 de mayo y el 27 de julio, el COI congregó en París a más de 3.000 atletas

A dos meses de los Juegos de 2024 se cumple un siglo de los últimos desarrollados en la capital francesa. En 1924, París organizó la octava edición de un incipiente movimiento, donde se aportaron importantes cambios y se logró mayor repercusión mundial.

Superada la terrible I Guerra Mundial, occidente vivía los llamados “felices años 20”, época de prosperidad económica y social. 

Entre el 4 de mayo y el 27 de julio, el COI congregó a más de 3.000 atletas, inaugurando por primera vez la Villa Olímpica (en aquella ocasión, una extensión con barracones de madera).

No hubo encendido de pebetero ni antorcha olímpica, costumbres introducidas en Ámsterdam 1928 y Berlín 1936. Sí se realizó una ceremonia de clausura, prototipo de las actuales. El evento captó una inusitada atención periodística y atrajo a muchos asistentes, entre ellos miembros de la realeza europea y clases pudientes.

El número de atletas femeninas aumentó considerablemente, a pesar de que el todavía presidente y fundador del movimiento olímpico, Pierre de Coubertain, se oponía rotundamente. Fueron los primeros donde se acuñó el lema ‘Citius, Altius, Fortius’ (Más rápido, más alto, más fuerte) ideado por el sacerdote y amigo de Coubertain, Henri Didon.

La ascendente Estados Unidos lideró el medallero. El atletismo y la natación fueron las modalidades más seguidas, dado el amplio número de marcas mundiales batidas y calidad de sus participantes.

Paavo Nurmi, Ville Ritola, Johnny Weissmuller, Eric Liddell, Hazel Wightman… El número de deportistas legendarios, sus hazañas y personalidades nos obligan a dividir en dos entregas estos Sueños dedicados a París, 1924.

Eric Liddell, los domingos no son para correr

El escocés Eric Liddell durante una de sus portentosas carreras de atletismo.
El escocés Eric Liddell durante una de sus portentosas carreras de atletismo.

Eric Liddell (1902-1945) y la película inspirada en su actuación en los Juegos (Carros de Fuego) puede ser lo más representativo de París 1924. 

Liddell, siempre orgulloso escocés, nació fruto de dos misioneros protestantes en China. Junto a su hermano Rob, fue educado en Escocia, ingresando en la Universidad de Edimburgo. Allí destacó como un gran estudiante y mejor deportista. Compitiendo en críquet, rugby -jugó el entonces V naciones- y en atletismo.

Su prodigiosa velocidad le hizo decantarse por lo último. Logrando plaza para las pruebas de 100, 200 y 400 metros lisos de París. En los 200 logró el bronce. Pero su verdadera especialidad eran los 100, donde era el favorito a batir.

Liddell estaba clasificado para la final, pero ésta se disputaba en domingo. Él era un ferviente creyente que consideraba ese día como sagrado, dedicado al descanso y la oración. 

Aunque la película cuenta que se enteró de la fecha camino a París, los historiadores coinciden en que lo sabía y lo había decidido de antemano. Pese a todas las presiones, desde las más altas instancias, Liddell se negó a competir, fiel a sus convicciones. 

Le faltaba por disputar la prueba de los 400 metros, donde nadie daba un penique por él. Contra todo pronóstico la ganó, batiendo el récord olímpico. Hazaña que le convirtió en héroe nacional.

Ajeno a la gloria, en 1925 viajó a China para seguir la Misión. Allí se casó, tuvo tres hijos y una vida dedicada a los demás. 

Pero en 1937 los japoneses invadieron China y Liddell fue internado en un campo de concentración. No fueron las grandes penurias, sino finalmente un tumor cerebral lo que le mató. La película lo convirtió en eterno.

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