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Votar con gusto y comer pizza

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Votar con gusto y comer pizza

Por raro que les pueda parecer, el sistema de votación que nos hemos otorgado en este país funciona exactamente igual

Buenos días; quisiera una pizza cuatro estaciones, pero me cambia las alcachofas por aceitunas negras. Lo sentimos, en este restaurante la pizza es como es y usted no puede tocar ni un solo ingrediente. O la toma o la deja, no hay más alternativa.
Por raro que les pueda parecer, el sistema de votación que nos hemos otorgado en este país funciona exactamente igual: los altos cargos de cada partido político nos preparan su lista de ingredientes, en el orden que a ellos mejor les conviene, y los ciudadanos solo podemos tomarlo o dejarlo. Ni un solo nombre puede ser sustituido o movido de lugar. Es un modelo de listas cerradas a cal y canto que, además de ser un engaño para el ciudadano -¿qué narices elegimos?-, explica en parte los niveles de corrupción tan desorbitados que tenemos en el país.


De hecho, la gran mentira con la que venimos comulgando elección tras elección es aquella que dice que los ciudadanos elegimos a nuestros gobernantes. ¿Acaso alguno de nosotros tiene posibilidad, de entre todos los nombres que un partido político nos presenta en la papeleta, elegir quien quiere que esté en un parlamento y a quien no? “Pongo una cruz al segundo de la lista, al quinto, al sexto y al noveno. Me salto a los demás”. Si las cosas funcionaran así, entonces sí que podríamos decir que elegimos a nuestros dirigentes, pero como no es el caso, lo máximo que podemos hacer es seleccionar el partido político que queremos que nos gobierne y apechugar con las personas que ellos mismos decidieron que deberían estar ahí. Tal y como les decía al principio, nos entregan una pizza con unos ingredientes determinados -elegidos caprichosamente por el cocinero- y no hay opción de modificar ninguno: o se toma o se deja.


A mí no me cabe ninguna duda que la consecuencia más nefasta de este anómalo proceder es el alto nivel de corrupción que tenemos en España: al no poder votar a la persona, el sistema democrático nos usurpa la posibilidad de castigar o premiar a quienes, a juicio personal de cada votante, consideramos que merecen reprobación a aplauso respectivamente. A día de hoy, cualquier partido puede poner como cabeza de lista al integrante más corrupto que tenga, que los simpatizantes sólo podremos castigarlo dejando de votar a nuestro color político preferido o cambiando de “chaqueta”.

Por lo contrario, si los ciudadanos tuviéramos la oportunidad de elegir los ingredientes de la pizza que nos apetece comer, cada uno de nosotros tendríamos potestad para hacer valer nuestra propia percepción de las cosas y frenarle la carrera política a quien consideremos que no es merecedor de nuestra confianza, ocupe el puesto que ocupe en la lista. Y claro, desde el momento que los ciudadanos podamos elegir con nuestro voto quien queremos que esté y quien no, los políticos tendrían que comenzar a cuidar su imagen ante el electorado a sabiendas que ninguno tendría garantizada su continuidad excepto que presenten una hoja de desempeño inmaculada.

Fantástico, ¿no creen? Es una medida muy fácil de tomar y que colocaría las cosas en su sitio, dando al ciudadano verdadero poder de decisión y quitándole al político mucha de la chulería con la que se mueve sabedor que, con el modelo actual, su continuidad depende del “jefe” y no del votante. El cliente no tendría que llevarse a la boca ingredientes de mal gusto. ¿Para cuándo?

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