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Las águilas perdidas, la mayor tragedia de Roma

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Las águilas perdidas, la mayor tragedia de Roma

Cuatro legiones perdieron su estandarte, el águila sagrada de Roma, y con ello su razón de ser. Era la mayor tragedia que le podía ocurrir al ejército, donde los hombres eran reemplazables, no así sus símbolos

El general Mario, cónsul y tío de Julio César, reorganizó el ejército romano en las postrimerías de la república como una fuerza permanente integrada por profesionales en lugar de una milicia provisional formada por ciudadanos llamados a filas en momentos de peligro. Fue la palanca que le dio a la Urbe el dominio sobre el mundo. Pero Mario no sólo dispuso cómo serían las legiones sino que también las armó con disciplina de hierro y unos códigos sagrados. Cada unidad tendría asignado un número y a menudo un sobrenombre y se le otorgaría un águila, símbolo de Roma, que debería  guardar como el mayor tesoro. Su pérdida suponía el deshonor absoluto y el final  de la legión. Y ocurrió. Al menos en cuatro ocasiones, con las número IX Hispana, y las XVII, XVIII y XIX Germanas. 

El desastre más famoso se produjo con la destrucción del ejército imperial del Elba, tres legiones que nunca se reconstruirían, y de la provincia de Germania Magna, que durante unos 25 años se extendió entre los ríos Rhin y Elba, en lo que hoy es la mayor parte del territorio de Alemania. Los germanos no existían como nación y eran en general un conjunto de tribus con ciertos rasgos comunes y enfrentadas entre ellas a muerte. Hacia el año -15 César Augusto decidió que era el momento para ampliar el Imperio y llegar hasta el Báltico. Algunos de sus generales alcanzaron un mar lejano para los hombres del Mediterráneo, pero antes había que pacificar la nueva provincia. Tres legiones, la XVII, XVIII y XIX fueron acantonadas en el interior de Germania Magna para hacer sentir el poder de Roma, mientras sus políticos trenzaban alianzas con los jefes, alcanzando así en poco tiempo sus objetivos e iniciando la romanización del territorio.

Al contrario que la Galia, la Germania inventada por los romanos no tenía ciudades ni villas ni apenas agricultura, y sí densos bosques y pantanos, donde las legiones tenían muy difícil maniobrar. Pero la poderosa maquinaria militar de la superpotencia se impuso pese a todo. El año 7 después de Cristo, Roma dio por pacificada la provincia y la dotó de todos los elementos clásicos, integrando a muchos germanos en sus tropas auxiliares, entre ellos Arminio, un joven querusco muy ambicioso. La historia es conocida: dos años más tarde, engañó a los romanos y condujo a más de 21.000 soldados al boque de Teotoburgo donde fueron liquidados por la federación de tribus que lideraba. Las águilas perdidas fueron buscadas durante años por Germania y parece ser que el ejército de castigo enviado por Augusto con su nieto Germánico al frente –ocho legiones- recuperó dos de aquellos símbolos sagrados y los trasladó al templo de Júpiter Capitolino pero en cambio, y pese a sus victorias, no pudo asentarse en la provincia, que se abandonó poco después de forma definitiva. Las tres legiones no serían nunca reconstituidas.

Algo similar le pasó a la IX Hispana, acantonada en Britania, y uno de los cuerpos del ejército con más historia, remontándose a los tiempos de Julio César en las Galias y a su asentamiento posterior en Hispania. A finales del siglo I fue enviada al norte, a la actual Escocia, donde los romanos mantenían un dominio incompleto, y durante mucho tiempo se creyó que allí había desaparecido, destruida en un choque con los nativos pictos. De ahí procede una famosa novela. No obstante, hay documentos históricos que la sitúan años después en Siria hacia el año 131, adonde habría ido con el emperador Adriano. Algo ocurrió muy grave que los cronistas no han querido transmitir: a partir de mediados del siglo II se pierde el rastro de la IX Hispánica, que también habría perdido su águila en combate y quizá fue por ello diezmada y disuelta. Nunca más se reorganizaría. 

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