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Amor surrealista, Breton/Lamba

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Amor surrealista, Breton/Lamba

Aquella noche las calles de París se quedan cortas, se besan y se despiden a las puertas del Médical Hotel. Aquel paseo estaba escrito, por él mismo, en 1923, “Tournesol”.

Los surrealistas salvaban la tarde a golpe de ocurrencia, de encuentros, entre objetos extraños y misteriosos, en el mercado de pulgas. En el amor también, “Amor fou”, le llamaban.

En el sacrosanto templo del 'Café Place Blanche' mataban las tardes André Breton y sus acólitos, en 1934; el lugar, lo más parecido a un sanedrín de la estética surrealista. Ella lo sabía, muchos lo sabían, aquellos ecuentros tenían lugar para ser vistos y contados.

Ella, Jacqueline Lamba, una mujer “escandalosamente bella” con pretensiones artísticas pero que se ganaba la vida nadando en una pecera con la delicadeza de una ondina. Esa condición fue la  más significada del encuentro fortuito, ya que de la condición de artista y mujer, para los surrealistas y otros, era una condición sospechosa sin valor.
Aquella tarde en el Café Breton él estaba de espaldas a la puerta, así que no pudo ver más que el quiebro de la mirada en el rostro de sus acompañantes. Aquella mujer de “cabellos pálidos, escandalosamente bella” se paseaba puertas adentro como si levitara para incendiar con luz su cuerpo y a su vez la sala. No había truco. La joven lleva un cuaderno en la mano, se instala en una mesa y escribe. “Escribe para mí”, piensa Breton, una carta que no llega.

A Breton le fascina la estética surrealista de la que es padre; se lleva las manos a la cabeza. El ángel premonitorio del destino ha tenido lugar ya en forma de poema, “Era para ella seguro”, piensa. El azar existe. Aquella noche se encuentran en la calle, e insisten. “Jacqueline Lamba, pintora y bailarina de ballet acuático”, lo que más excita al poeta es su otra condición, ella lo sabe. Aquella noche las calles de París se quedan cortas, se besan y se despiden a las puertas del Médical Hotel. Aquel paseo estaba escrito, por él mismo, en 1923, “Tournesol”. Aquel paseo por Les Halles, aquella bailarina que se paseaba sobre las puntas de sus pies, aquel amor noctámbulo tenía su réplica en un poema. El surrealismo funciona, se decía Breton. No hay distingos entre palabras y cosas, todos los hallazgos son posibles, igual que los sueños. Lo que no sabía Breton era que nada de aquel encuentro era casual. Fue Dora Maar quien le dio la pista, Jacqueline tan sólo les siguió la pista, y se dejó llevar. André y Jacqueline se casaron, y tuvieron una hija, Aube. 

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