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La balada sexual de Molly Bloom

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La balada sexual de Molly Bloom

Marilyn Monroe lee "Ulises" de James Joyce.
photo_cameraMarilyn Monroe lee "Ulises" de James Joyce.

Pudiera ser Penélope, la fiel esposa que esperó por Odiseo como quien aguarda la eternidad, pudiera ser. Casta y pura como el personaje de la Odisea. No lo era, aunque James Joyce lo utilizó de referencia. Su Ítaca aquí era Dublín, Ulises un agente de publicidad al que un día entregó su amor. 


16 de junio de 1904, un día intenso. Ya de madrugada, acurrucada en la cama mientras Leopold Bloom duerme, se aferra a los recuerdos como el moribundo al último suspiro. Regresan infidelidades, lo expresa sin tapujos, resueltos en ocho frases -50 páginas- sin puntos aunque se deja entrever que los tuvieron. Molly no es Penélope, sí una mujer liberada de cortapisas en la pacata Irlanda. Mientras su marido recorre las calles ella se entretiene con Blazes Boylan, aquí presente en sus pensamientos noctámbulos. Boylan la excita sexualmente, prefiere -reflexiona- a su marido, que ahora duerme. 


Joyce es un bruto, un osado, maneja a su personaje para reflexionar desde un plano psicológico, social e incluso histórico como nunca se ha hecho. Decimoctavo capítulo del Ulises, un monólogo, flujo de conciencia con los sentimientos de una mujer, Molly, ligera de cascos y desinhibida. Con sus dudas y contradicciones, como cualquier persona, plena de deseo. El monólogo fluye con todo el caudal -orina, mestruación- de cualquier mujer. y Joyce no narra, inspirado -dice- en su propia esposa, Nora Barnacle, a quien conoció el mismo día en el que Leopold Bloom recorre las calles de Dublín, acude a un entierro, bebe e incluso entra en un prostíbulo en un relato experimental al que un tipo como el irlandés se entrega y doma. Lo que transcurre en un día, a él le costaría siete años de trabajo y a la literatura un extenso regalo.


    Molly se aferra al lenguaje como un borracho a la bebida y se evade, restriega la memoria como un día restregaría su cuerpo con el de sus amantes. Se sincera, “Siempre estoy así en primavera me gustaría un hombre nuevo cada año”, “Nunca se me había ocurrido lo que quería decir besar hasta que me metió la lengua en la boca en su boca era dulce joven yo levanté la rodilla contra él varias veces para aprender”. El torrente tórrido se acelera, sin tapujos, ni puntos, “No me importaría metérmela en la boca”, no en vano en el esquema que Joyce nos legó para el capítulo -18-, el referente es la carne, también la tierra fértil.