La Revista

Medio siglo de psicodelia en rosa

La Revista

MITÓMANOS

Medio siglo de psicodelia en rosa

Pink Floyd cumple –o cumpliría, no se sabe- medio siglo este año. En 1967editaron su primer disco, entonces liderado por Syd Barrett, maldito entre los malditos en el mundo del rock. El éxito llegaría sin él.

Pink Floyd no significa nada. Desde luego no Fluido Rosa, como erróneamente se tradujo en España durante años. Fue una de tantas ideas disparatadas del fundador del grupo, Syd Barrett, quien decidió usar como nombre los apellidos de dos hombres del blues, Pink Anderson y Floyd Council.

Eso habría ocurrido probablemente en torno a 1966, aunque nada está claro. No sería hasta 1967 cuando Pink Floyd se convertiría en una banda de verdad, hace justo  medio siglo, editando su primer disco “The Piper and the Gates of Dawn” en la –terrible- onda psicodélica que entonces marcaba el paso en parte gracias a Beatles y su disco “Revolver”, que sí es una obra definitiva.

Roger Waters (bajo), Nick Mason (batería) y Rick Wright (teclados) formaban entonces al lado de Barrett –guitarra, voz y compositor- líder absoluto y el alma. Pero su adicción a las drogas y los trastornos que padecía le hicieron perder la cabeza. A finales de ese mismo año, 1967, entró David Gilmour en Pink Floyd para apoyar en la voz y la guitarra. No tardaría mucho en quedarse con el puesto en propiedad ante la imposibilidad manifiesta de Syd de continuar adelante. Barrett abandonaría la formación y pasaría a convertirse en el maldito entre los malditos en el mundo del pop-rock hasta su fallecimiento hace unos años en un absoluto anonimato.

 Aquello marcaría a Pink Floyd para siempre y curiosamente daría alimento creativo a sus dos mejores discos, editados de forma consecutiva, “Dark side of the Moon” y “Wish You were here”, dedicados al fundador de la banda y a su esquizofrenia, pero ya en la onda sinfónica que triunfaría. Antes, a principios de los setenta, habían publicado otros trabajos interesantes que catapultaron a lo más alto a Pink, como “Atom Heart Mother” o “Meddle” y también auténticos desvaríos intragables como “Ummagumma”. “Dark” habla una y otra vez del hombre que perdió la razón, del lunático, que no era otro que Barrett. “Wish” insiste en lo mismo, en la pérdida del amigo querido. Ambos discos acampan en las cumbres de la música, aunque curiosamente los que aman el primero  –uno de los más vendidos de la historia, unas 45 millones de copias- suelen considerar menor al segundo y viceversa. 

Tras los dos éxitos globales, Pink Floyd continuó reinando en los setenta con discos de peor factura –“Animals” era  un auténtico desastre de principio a final, aunque su iconografía de cerdos voladores ha triunfado- hasta “The Wall”,  el canto del cisne. Una obra conceptual, doble, extendida de forma excesiva, acompañada de una película incomprensible, mal interpretada y aburrida y que en cambio supuso el mayor éxito como single en toda la historia de Pink Floyd con el machacón “Another brick in the whall”. Otros éxitos como singles habían sido los  muy superiores “Money”, una pieza con una medida imposible de 7/4 combinado con 8/4 , y la melódica “Wish You were here”, un auténtico clásico.

Después de 1981 llegarían separaciones y también reuniones crematísticas, con David Gilmour –bonita garganta, singular guitarra- como dueño absoluto de lo que quedaba de la banda mientras Roger Waters se dedicaba a hacer caja con “The Wall” y a demostrar que había perdido la voz, si es que alguna vez tuvo.  La muerte del teclista parecía el final pero no ha sido así. De hecho,  hace tres años editaron los Floyd un disco con restos de anteriores grabaciones y no se descarta una gira en cualquier momento de un grupo que, como los Stones, hace casi 40 años que no tiene nada que ofrecer salvo nostalgia y buenos temas que desafían el paso de los tiempos como auténticos clásicos. No es poco.