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Mujeres y soledad, en Cesare Pavese

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Mujeres y soledad, en Cesare Pavese

Cesare Pavese y Constance Dowling (1950).
photo_cameraCesare Pavese y Constance Dowling (1950).

 Era un ser extraño, contradictorio. Amaba a las mujeres, y las aborrecía

Lo de Cesare Pavese (1908-1950) con el sexo femenino asemeja infortunio. No tuvo mujer, pero hubo mujeres en su vida, empezando por su madre, mujer autoritaria y dominante, a la que odiaba tanto como la quería. 

 Era un ser extraño, contradictorio. Amaba a las mujeres, y las aborrecía, algunos de sus textos rezuman misoginia, “Todos encontramos una puta en el transcurso de nuestra vida, y son poquísimos los que encuentran una mujer y les sea honesta”, escribe en su imponente ejercicio “Oficio de vivir”, donde asume que “la vida es un oficio, es decir, un trabajo”. 

Sus encuentros con el sexo opuesto fueron puro desatino. Desde su adolescencia, cupido siempre le dejó las flechas a sus pies, sin ser correspondido; su disfunción sexual tampoco ayudó demasiado. En los años treinta se enamora de Tina, “la mujer de la voz ronca”, estudiante de matemáticas y amante de un activista encerrado entre rejas del Partido Comunista en tiempos de Musolini, Altiero Spinelli. Pavese acepta que su casa sea destino de las misivas del activista. La policía encuentra las cartas y él acaba en prisión primero, y luego en el exilio. Desde la cárcel escribe en su diario, “Mi historia con ella no está hecha de grandes escenas... Es atroz este sufrimiento”. Pavese imagina amoríos, intercede pensando sacar algún rédito, y sufre por ellos. Así hasta la muerte, guiado por ese enamoramiento nunca correspondido. Al salir de la cárcel busca a su amada Tina, en Turín descubre que ésta se ha casado con otro. Suma razones en su fervor misógino.

Pavese es un entomólogo de sí mismo, lo demuestra en “Oficio de vivir”, un ejercicio de escritor impenitente, donde a modo de desfogue escruta su vida, en segunda persona, recriminándose por lo que le sucede o por lo que hubiera de sucederle a condición de haber actuado de otra manera. 

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos... serán una vana palabra, un grito acallado, un silencio”, reza el poema -1950- a su último amor, Constance Dowling, la actriz, también le abandona. La habitación 346 del Albergo Roma se llena así de desesperanza. Por su imaginación desfilan todas sus mujeres desnudas, las odia. Se va sin el fragor de la piel de una mujer que le sirviera de goce. Era el 27 de agosto de 1950, dos tubos de tranquilizantes le ayudarán a despedirse de su soledad.