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Tirios y troyanos, cartagineses y romanos

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Tirios y troyanos, cartagineses y romanos

El conflicto entre Roma y Cartago, que sembró de sangre el Mediterráneo occidental durante un siglo, tiene bases históricas y también una leyenda que perduró y creció incluso cuando la urbe púnica ya había sido destruida.

Los romanos decidieron remontar sus verdaderos orígenes no a Rómulo y Remo, sino a Eneas, un noble troyano que logró huir de la ciudad en llamas con su padre Anquises y su familia, y que tras una odisea por el Mediterráneo desembarcó en la costa itálica.

Allí desposaría a Lavinia, hija de Latino, y se instalaría en una ciudad próxima a la costa y al Tíber, Alba Longa. De esa urbe saldrían Rómulo y Remo, hijos de Rea Silva, descendiente directa de Eneas, para fundar a su vez Roma. De esta forma, los romanos se consideraban a sí mismo como los últimos troyanos y la conquista de Grecia sería una postrera victoria de los hijos de Príamo sobre los de Agamenón, Odiseo y Aquiles.

Todo ello sirvió de base para la Eneida, donde Virgilio, por órdenes de Augusto, decidió cantar los supuestos verdaderos orígenes de Roma. ¿Hay algo de cierto? Probablemente no, aunque bajo algunos episodios podría hallarse alguna traza de verdad.

Roma, según sus propios cálculos, habría “nacido” en 754 antes de Cristo, fecha que servía de inicio del calendario. Cartago era algo anterior, en torno al año 825 antes de Cristo, y no menos mítica era su supuesta fundación. Todo habría comenzado con Dido, la princesa obligada a huir de Tiro tras el asesinato de su marido, sacerdote de Baal. Al igual que Eneas, escapó con un pequeño grupo de fieles hasta dar con un promontorio de la costa norte de África, donde pidió a los lugareños un trozo de tierra para asentarse. La leyenda dice que el rey local le prometió  tanta tierra como pudiera abarcar con una piel de buey. Dido cortó el animal en muy finas tiras y así consiguió un amplio perímetro, donde se pondrían los cimientos de la Ciudad Nueva de Tiro, luego Qart-Hadast, Cartago para los romanos. 

Sería a ese lugar, ya convertida en Reina Dido, donde llegarían los exiliados de Troya con Eneas a la cabeza, quien le contaría en un famoso episodio de la Eneida los trágicos sucesos de su ciudad. El héroe intercala en el relato dos célebres frases sobre el Caballo y la caída de Troya: “Timeo danaos et dona ferentes”(De los griegos temo incluso sus regalos) e “Infandum  regina iubes renovare dolorem” (un terrible dolor me obligas a recordar, reina). Eneas y Dido se enamoran, pero el troyano abandona a la cartaginesa porque su destino manifiesto pasaba por ser el padre de una ciudad mayor que la suya original.

Dido se suicida por dolor y antes lanza una maldición, ordenando el odio entre los dos pueblos: el de los descendientes de los troyanos, los romanos, y los descendientes de los tirios, los cartagineses. Tirios y troyanos se cruzaron durante más de un siglo en tres guerras de destrucción total donde sólo una urbe podría dominar el Mediterráneo. Curiosamente, o no, los “troyanos” destruyeron el mismo año, 146 antes de Cristo, Cartago –la ciudad de los tirios- y Corinto, la capital de Grecia, la cuna de los enemigos de Troya. Nunca antes ni después Roma volvería a hacer algo así. Ambas fueron reconstruidas como colonias por Julio César y fueron muy prósperas.