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Recuperando memoria

Vaticinábamos que en el pequeño espacio que ocupa el cerebro de un mosquito podríamos almacenar el conocimiento que albergan montañas de libros

El pasado 21 de septiembre conmemoramos una vez más el Día Mundial del Alzheimer, una jornada instituida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para concienciar a nuestra sociedad sobre esta enfermedad y sus consecuencias. Paradójicamente hoy intentaremos recuperar la memoria, trasladándonos al mes de diciembre de 2010, cuando dimos forma a estas reflexiones sobre la memoria de mosquito que a buen seguro, en ciertas ocasiones, nos han adjudicado por algunos olvidos. Y es que en aquellos días un grupo de científicos de Hong Kong había conseguido almacenar 90 GB de información en apenas 1 gramo de bacterias, aproximadamente unos 10 millones de células. Solamente harían falta 18 de ellas para archivar el texto completo de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Ya de aquellas barajábamos la posibilidad de que ciertas memorias biológicas podrían terminar sustituyendo en el futuro los actuales dispositivos de tipo USB, e incluso, por qué no, los discos duros de los actuales ordenadores. Dados estos avances, vaticinábamos que en el pequeño espacio que ocupa el cerebro de un mosquito podríamos almacenar el conocimiento que albergan montañas de libros. Las investigaciones siguieron progresando, y en 2016, investigadores de la prestigiosa Universidad de Harvard emplearon la técnica CRISPR/Cas, esa especie de recorta y pega genético que ya hemos mencionado en anteriores ocasiones, y que en la realidad permite a una bacteria infectada por un virus, incorporar a su propio ADN la información genética del virus para detectarlo (y eliminarlo) tras infecciones posteriores. Aprovechando esta capacidad bacteriana, los científicos estadounidenses diseñaron un código genético viral falso. 

Al introducirlo en las bacterias, éstas copiaron la cadena genómica del virus, almacenando la información como si fueran un disco duro biológico. Por si fuera poco, dicha información no se acumuló al azar, sino de forma secuencial y ordenada. De esta sencilla manera, consiguieron almacenar 100 bytes de información en cepas bacterianas de Escherichia coli, aunque tienen potencial suficiente para recopilar muchos más datos. Recuperando la memoria, recordemos también a aquellos otros investigadores estadounidenses que consiguieron emplear bacterias para mover microscópicos engranajes suspendidos en soluciones acuosas, puesto que estos microorganismos nadaron en grupos compactos capaces de generar una fuerza suficiente como para mover los micro-engranajes. Pensemos por un momento en la aplicación práctica de estos experimentos: ¿y si en el futuro conseguimos generalizar el almacenamiento biológico de datos y recuerdos en nuestros cerebros humanos? ¡Qué maravilloso sería!