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Violación, desplazamiento y perdón, la lucha de una campesina colombiana

A sus 72 años, Ana Lucía Betancur relata orgullosa su historia de "superación", crió sola a tres hijos en su finca y vivió de los frutos de su tierra hasta que en el año 1999 sufrió la llegada del bloque paramilitar Calima.

Violación, desplazamiento y perdón, la lucha de una campesina colombiana

Las manos de Ana Lucía Betancur recogieron uno a uno los huesos abandonados de sus vecinos asesinados para darles sepultura, las mismas que no pudieron zafarse de la violación de un comandante paramilitar y que hoy labran la tierra que una vez perdió por el terror del conflicto armado en Colombia.

A sus 72 años, Betancur relata orgullosa su historia de "superación", crió sola a tres hijos en su finca de Galicia, en el departamento del Valle del Cauca (suroeste), y vivió de los frutos de su tierra hasta que en el año 1999 sufrió la llegada del bloque paramilitar Calima, cuyos miembros tomaron su casa por dos meses y le obligaron, finalmente, a huir.

"Eran treinta hombres, y esa noche parte de ellos estaban borrachos y se pusieron a pelear. Estaban en la sala y tenían una (ametralladora) M-60, uno de ellos quería cortarle la cabeza al otro, y el otro iba a disparar. El resto del grupo salió corriendo para los cafetales por miedo", recuerda la campesina en conversación con Efe.

"Después de que los comandantes los calmaran, uno de ellos me dijo que iba a dormir en mi cama. Puso el fusil a un lado, y ya te imaginas lo que pasó después", cuenta en una entrevista facilitada por International Women's Media Foundation (IWMF).

El grupo armado se quedó en su predio varias semanas, todos hacinados en los distintos cuartos de la casa, mientras ella temía que volvieran a abusar de ella o que llegara la guerrilla, y tomara represalias.

"La guerrilla había venido unas semanas antes, pidiendo que los vecinos les camufláramos en nuestras fincas, entonces yo temía que llegaran y tomaran represalias contra nosotros al ver que los paramilitares habían estado allí", explica.

Pasados unos días, logró salir para pasar unos días con su hija, que vivía en Medellín, pero al regresar los paramilitares pensaron que en ese tiempo les había delatado.

"Vinieron de nuevo para llevarme a mí y a otro vecino al monte y matarnos, no encontraron a mi vecino y eso me salvó. Pero el mayordomo de mi finca empezó a chantajearme -agrega-, diciendo que le estaban pidiendo mis datos para encontrarme y matarme, así que finalmente me fui".

Ana Lucía pasó cinco años fuera de su finca, que dejó en manos de aquel mayordomo por temor, hasta que se armó de valor y, cuando cumplió el contrato que tenía firmado con él, volvió para recuperar lo que era suyo.

En 2004, Betancur, completamente sola, regresó a sus tierras y "recomenzó" a cultivar poco a poco, endeudándose, a sabiendas de que aún corría peligro y los grupos armados podían volver.

"He sufrido mucho porque a mí me han dejado muchos muertos", dice en referencia a varias fosas que ha encontrado a lo largo de los años alrededor de sus tierras, donde había cadáveres de víctimas del conflicto, algunas de ellas conocidas.

"De las fosas que encontraba, yo nunca boté los huesos. Los recogía, les echaba agua bendita, e intentaba darles sagrada sepultura cerca del cementerio", narra más conmovida por esas muertes que por su propio sufrimiento.

No obstante, con una voz firme, ya asegura no tener miedo, y se siente orgullosa de haber salido adelante pese a todas las dificultades y de, además, poder haber ayudado durante ese camino de lucha.

Ahora, ya cuenta con más de 5.000 árboles de café, aunque no todos en producción, y ha plantado algo de banano para que sus predios comiencen a aumentar sus frutos, algo que, junto a la pequeña ayuda monetaria que recibe de la Unidad de Restitución de Tierras del Gobierno colombiano, le está ayudando a consolidar lentamente la finca.

Más de quince años después de todo su calvario, Betancur asegura que ha ido superando todas las penurias y aprendió a perdonar a sus agresores.

"Hasta los entendí un poco -dice sobre los grupos armados-. Porque muchos se meten ahí sin creer en lo que están haciendo, sino por necesidad y para sostener a sus familias".

Lo único que no ha podido superar, confiesa, es un miedo visceral e incontrolable que le atenaza cada vez que escucha ladrar a los perros, como aquella noche en la que llegaron los paramilitares.

"Pero yo soy feliz -insiste-. Siempre he sido feliz".