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Alberte Oro Claro y su Aralladas

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Alberte Oro Claro y su Aralladas

Manzaneda, capital municipal, daba para mucho y así Alberte propiciaría una excursión al circo glaciar de Prada en compañía de los Quicos

Ese amigo de siempre, con el que te comunicas de modo fugaz más por razones de distancia que por desbordante, no siempre invita a compartir largos parlamentos, pero que por la estima que ambos nos tenemos cualquier venial pecado de tan perdonable que nunca el menor atisbo de incomodidad hubiere. Pues este amigo, cuya biografía no cabría en este periódico, acaba de editar un libro, Aralladas, con un contenido excepcional de fotos de Mani Moretón y de Gosia Trebacz sobre la exposición que en A Coruña hizo este alaricano de pro, que patria más chica no hallarse pudiere a la que más honra se haga. Se dirá porque en ella no reside, pero un profesor universitario de INEF en A Coruña no podría morar en la villa, pero me consta que se pierde tanto en su natal Ziralla cuanto por esos caminos del mundo del que impenitente viajero fuera de uso o sea de lo que por turista se tiene.

Alberte, ya cursados sus estudios de medicina en la USC, iría para ampliarlos al Brasil más europeo, el del estado de Santa Catarina, en el sur, residiendo en esa ciudad, que si maravillosa, de Florianopolis. Su estancia me consta que huella le dejó no solo en su marcado acento de ese portugués al modo brasileiro, y si no, también sus viajes por el continente Sudamericano, que si motocicleta poseyese y un seguidor tuviere, le creeríamos capaz de reeditar el famoso viaje del Che, mas sin copiar a nadie, lo hallamos de médico de la expedición gallega al Everest, de donde me trajo una piedra de esa montaña sagrada de los sherpas. Fue una estancia imborrable para este talentoso, de una familia que algo de peculiaridad heredada por Xurxo, Carlos…Parecería que Alberte de solo dedicación a su profesión, que sí, pero espacio tiene para desarrollar lo que de artista lleva… y así hizo con esa inventiva de combinar objetos que demuestran un grado intelectual, que también en grabados, acuarelas u oleos si se terciase…pero es en la escultura de la irrealidad donde ha hundido sus raíces para ofrecernos esa mostra de una rara ars que solamente los talentosos cultivan. Así en esa expo coruñesa, de más de cien esculturillas (por pequeñas), algunas surgidas de sus manos, y de cosas que por ahí fue recogiendo, vemos a un Quijote, montado en Rocinante, enarbolando en su lanza una bandera republicana, o a un Michelín sentado a horcajadas sobre unas hamburguesas, o a una virgen de manto repujado de pastillas y píldoras, me parece que para significar el místico éxtasis, o a una picadora de carne tragándose a la estatua de la Libertad, o a esos tomos de la Historia de España bajo un campo de fútbol. Una inventiva verdaderamente impactante, rozando la irrealidad y casi el surrealismo. Aunque quisiese no podría extenderme en esos matices que solo los cultivados en arte capaces son de expresar.

Pero este Alberte, que no solo es arte, encerrado en su estudio como de bricolaje frente al mar de los Ártabros, me propuso, tiempo ha, que les llevase con unos amigos y cuñado a conocer las fuentes del Arnoia, ese río que para alaricanos es como una Tetis, esa semidiosa de las aguas, madre del héroe de La Ilíada, Aquiles, al que recién nacido agarró por el talón para sumergirlo en las aguas de la inmortalidad (sin sospechar que ya Homero habría de dársela), pero dejando su punto vulnerable que le había de costar la vida en el asedio de Troya por una flecha del troyano Paris; además, Alberte y uno puñado de amigos querían reivindicar la lucha años atrás emprendida para humanizar un río que por la villa era más un estercolero al que podría faltarle, que tampoco, ser el basurero municipal que por muchos años hedía en el urbano espacio cabe al río. Fuimos a donde el río se amamanta en la sierra de San Mamede, por un florido mayo que no recuerdo bien. Remontamos desde Rebordechao, rememorada parroquia por regirla el pariente Carlos Babarro como su primer destino; la emprendimos siguiendo el curso del río, que a veces nos obligaba a algún desvío. Como sus fuentes se pierden en la misma falda sur del San Mamede por dividirse entre tres arroyos, anduvimos de cierto despiste e impedidos de llegar al más importante de sus tres nutricios, el del Col de As Canadas, porque entre xesteiras y uceiras no había manera de traspasar aquella maraña de vegetación impenetrable, al revés de una jungla, que por tal se tiene, pero a la que puedes penetrar con un simple machete. No sin cierta decepción retornaríamos aplacando nuestra frustración con un baño en un represamiento artificial a la vera del río. Fue como quedar impregnados de sus aguas lo que compensaría a aquella media docena de ilusos que ahogarían su decepción a manteles en Vilar de Barrio. 

Que casi los mismos éramos años antes cuando compensados en el Restaurante Nevada, de Manzaneda, a la cabritada más sabrosa jamás comida o de eso como recuerdo, invitados unos cuantos, previo partido de tenis y carrera hasta Bidueiro donde refrigerados en más presa que piscina  con un chapuzón de los Quicos, de un cuñado, Alfonso, y yo, cuando Alberte de médico rural ejercía por el oriente ourensano y comía de los exquisitos platos de esa maestra  de la cocina y la amabilidad que es la incomparable Carmen.

Manzaneda, capital municipal, daba para mucho y así Alberte propiciaría una excursión al circo glaciar de Prada en compañía de los Quicos (por tales, los hermanos Bouzas González), de dos chicas y  del que suscribe donde lo más notable fue una imborrable campestre comida, a fino mantel de Manuela, la madre de Quico, Fernando y Moncho, a la vera del amenísimo río Requeixo y de sus herbosas riberas, que en dos parte a la aldea de Prada. Son recuerdos como el de la subida al pico Fontefría, a caballo de dos países, en el Xures-Gerês, con rocoso xantar en la cima. Estas excursiones y otras muchas cuando los libertarios tiempos, y más nuestra disponibilidad, lo permitían. A él aun le permite incrementar la colección de juguetes de un museo de tales en su natal villa.

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