Ourense

Cuando Batman llegó al cine Xesteira

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OURENSE, SEPTIEMBRE DE 1989

Cuando Batman llegó al cine Xesteira

Michael Keaton, el Batman de Tim Burton.
photo_camera Michael Keaton, el Batman de Tim Burton.

En septiembre de 1989 los ourensanos pudimos ver la película de Tim Burton protagonizada por Michael Keaton, resurgido ahora en Birdman

Una de las mayores suertes con las que uno puede contar de niño es la de tener un amigo mayor. Los amigos mayores suelen ser más autoritarios, buscan reafirmar su superioridad, convirtiéndose en los cabecillas. Le ahorran trabajo a los pequeños designando los roles de cada uno. Así el líder consigue su fin, y el seguidor consigue su líder.

Siempre hay un Batman y siempre hay un Joker.

Cuando Tim Burton estrenó su versión de Batman, una tarde de Septiembre en 1989, las películas de superhéroes todavía no se habían convertido en tendencia. Mucho menos en un pequeñísimo Ourense a donde todo llegaba tarde y mal. Eso sí, la cola que se había formado en el cine Xesteira parecía kilométrica, infinita.

Todos los de mi edad allí reunidos lucíamos como tontos engreídos la misma cazadora de aviador, retro incluso para aquella época, que nuestras abuelas habían comprado en Zara, cuando Zara solo tenía aún una planta.


Mi madre, mi mejor amigo y yo, seguimos la cola hasta el final y comenzamos la espera en la calle del Paseo, en las galerías centrales. Justo enfrente del edificio de La Región. Nunca antes había entrado en el cine Xesteira. Viéndolo desde la distancia del tiempo, puedo asegurar que fue la espera más larga de toda mi vida. Mi primer cine. Creo que pasaron mil horas hasta que por fin pudimos entrar.

El hall de aquel sitio era inmenso, o al menos así lo recuerdo. En la pared de la izquierda estaban las taquillas, llenas de madres comprando entradas y quejándose de lo lento que funcionaba todo. El mejor ejemplo de un discurso atemporal. A la derecha lucían los carteles de los estrenos que se avecinaban. Casi todos no recomendados para menores de 18 años, factor que nos producía un morbo - inocente - tremendo.

Mi mejor amigo, mi amigo mayor, ya me había convencido con argumentos muy sólidos, de quien debía ser Michael Keaton y quien Jack Nicholson en nuestros juegos. Ser el Joker era como una derrota para un niño que sueña con ser el héroe, más aún cuando en las fotos de la película que colgaban de la pared, veías como un tipo pintarrajeado cual payaso de circo, se hacía llamar villano. La derrota era todavía más dura.

Al fondo de la antesala, justo al lado de la puerta donde el acomodador revisaba tu entrada, presidia la estancia un señor detrás de una barra de bar. Si te ponías de puntillas podías comprobar que aquello no era un bar. Era el sitio donde vendían palomitas, gominolas y todos los aperitivos que un crío puede imaginar. El señor de las chuches, lo bautizamos. Que injusta es la infancia, llamarle señor a un chaval que apenas rozaba los 30 años. Entremedias, alguien abrió la última puerta que dirigía a la sala de proyección.


Butacas, decepciones y ser el Joker

Mentiría si negara que pocas veces se me ha encogido el pecho tanto como en aquel momento en que mi madre apartó el enorme, y rojísimo telón, que precedía a todas aquellas butacas colocadas de una manera casi matemática. Era como el interior de un castillo lleno de balcones donde la mirada de un niño no era capaz de alcanzar a ver el techo.

Tras el cuarto intento de encontrar una postura en mi asiento, la luz tenue se convirtió en oscuridad total. La pantalla se encendió, y el jolgorio infantil que invadía todo se volvió silencio. No soy capaz de recordar aquellos primeros 10 minutos.

Mi primer síntoma de consciencia real en aquel momento despertó con una serie de aplausos, poco coordinados, tras la primera aparición de Batman en la gran pantalla acompañada de mi madre diciéndome al oído "mira hijo, es ese que tanto te gusta", aunque ella ya hubiese adivinado en mi cara algo de comedida decepción.

No sentí recompensado el largo tiempo de espera en la calle al ver que aquel héroe de mis cómics era más bajito y feo de lo normal. Pero era él y yo estaba en el cine Xesteira, el sitio a donde iban todos los adultos que conocía. Tenía que funcionar, algo estaba fallando.

Los niños se unían en gritos, risas y aplausos con cada golpe que el caballero negro daba a los malos, mientras otro de esos señores de treinta años suspiraba a mi lado buscando algún tipo de alivio mirando al techo mientras se frotaba los ojos.

Yo no gritaba, ni reía ni aplaudía. Había una combinación extraao en mi interior que mezclaba fascinación por el lugar, indiferencia por el protagonista y un poco de inquietud que ni las palomitas del señor de las chuches podían aliviar.

De repente salió él. El malo. El tipo pintarrajeado cual payaso de circo se mofaba de Batman y lo convertía en alguien todavía más gris de lo que su director pudo conseguir. Se me escapó un aplauso contenido al darme cuenta de que los roles que mi mejor amigo mayor había decidido concedernos, no eran tan malos. No era una derrota ser aquel Joker feliz, colorido y dicharachero porque, al fin y al cabo, el héroe no existe si no existe el villano.

Apenas presté atención al resto de la película. Demasiado joven para que Kim Basinger despertara mi interés. Demasiado mayor para acurrucarme y dormir. Mi amigo y yo nunca volvimos a jugar a ser aquellos personajes. Quizás yo ya no necesitaba un líder, sino un seguidor.

La memoria es tan caprichosa por naturaleza, que podría jugar al despiste con todos mis recuerdos. Podría ser, lo sé, que todos veamos las cosas más cercanas a como queremos verlas que ajustadas a la verdadera realidad.


Muchos años después, volví al Xesteira.


Ya no había madres comprando entradas. Las vitrinas de estrenos estaban casi vacías, y la barra del señor de las chuches solo escondía una escoba y un recogedor. El cine conservaba, eso sí, al mismo acomodador que revisó mi entrada de Batman. No quedaban apenas niños, y en un despiste me sorprendí a mí mismo suspirando y frotando mis ojos mirando al techo.

Dicen que hoy, aquel lugar a donde acudían cada fin de semana todos los mayores que yo conocía, se ha convertido en un bufé de comida china. Que ayer fue un amago de discoteca y que mañana Dios proveerá.