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Castro de Santomé con la SGHN, el museo y Santa Mariña

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Castro de Santomé con la SGHN, el museo y Santa Mariña

El castro de Santomé, romanizado, explicado por el director del Arqueolóxico, Xulio Rodríguez.
photo_cameraEl castro de Santomé, romanizado, explicado por el director del Arqueolóxico, Xulio Rodríguez.
Siendo un chaval esperaba los domingos no sé si para subirme al ómnibus y viajar en la baca o para gozar e instruirme de unas explicaciones para las que aún no dotado

Una salida al campo de la Sociedade Galega de Historia Natural, cuyo delegado aquí es Marcos Freán, y de la asociación Santa Mariña, que preside J. Ramón Seara, por el castro de Santotomé, me trae a la memoria aquellas de Posío Arte y Letras, que a la descubierta de castros, monasterios, castillos y puentes contaban con aquellos irrepetibles Vicente Risco, Xocas, Ferro Couselo– nunca coincidí con Cuevillas–. Siendo un chaval esperaba los domingos no sé si para subirme al ómnibus y viajar en la baca o para gozar e instruirme de unas explicaciones para las que aún no dotado, por razón de edad acaso. Aquellos ilustres de la Xeración Nós amenizaban e impartían cultura en aquellas salidas; estos de ahora, no menos, porque si ya es suficiente con que te informen sobre la cultura "castrexa", siempre saldrá a la palestra la oratoria de algún botánico, ornitólogo o geólogo que ampliarán tus conocimientos. Así que, bajo paraguas, una cincuentena de asistentes no perdimos ripio de todo cuanto allí se dijo, aunque si algo, imputable más a la voz queda del arqueólogo; y aunque éramos los de siempre, alguna cara nueva parece que se ve, por ninguna de esos jóvenes que andan a la deriva nocturna y dormitan por el alba y más allá.

Acá ,en Santomé, Xulio Rodríguez, el director del Museo Arqueolóxico, habló sobre los orígenes, arquitectura, entorno; Isabel, de la SGHN, dio como un curso de las variedades vegetales de un espacio riquísimo en ellas con predominio de alcornoques, carballos, encinas, pinos, castaños… en un castro que resistió el despoblamiento hasta  uando sus habitantes bajaron a la olla ourensana, pasado el asentamiento romano y los momentos de peligro; el geólogo J. Ramón Seara dio breve explicación sobre la olla ourensana. En el ínterin Xulio me recuerda cuando siendo estudiantes universitarios les hice una entrevista a Seara, Outeiriño y a él, para resaltar la dedicación de tres futuros arqueólogos, que ya empezaban a investigar y excavar por ahí. Discreparon ligeramente o más bien opinaron sobre los orígenes de la ciudad auriense J. Ramón Seara y Xulio Rodríguez y esto le añadió un interés mayor al atento auditorio, que luego seguiría dispersándose por las faldas de este arbolado cono castrejo, mientras el río Loña bramaba al desplomarse por las paredes de la presa de Castadón, o los rápidos, aguas abajo, en medio de una tenue llovizna que dejaba contemplar la ciudad.

Bajando por ese magnífico empedrado y amurado camino al Bamio, de retorno a la urbe, a Luis González. Blanco casi lo cojo con el pie en el estribo del ascensor, pero con tiempo para en unos minutos de charla rememorar esas partidas de tenis que su padre Juancho jugaba con Quique Tovar, que de tanta rivalidad y pasión como Juancho le ponía, inevitablemente surgía alguna discusión en la que Quique nunca decía una palabra más alta que otra, y a Juancho el ardor se le pasaba antes de enfilar la ducha. Él que había sido un malabarista del balón, probado en su día por el Atlético de Madrid, que lamentaba no haber conocido antes el tenis.

Luis me dice que ha asumido la presidencia del Club Sto. Domingo; bueno, lo cierto es que siendo socio familiar desde su fundación en el 71, ¿quién con más ligazón con el club podría asumirla? A esta sociedad la mantienen 500 familias, la actividad deportiva, más de padel hoy que de tenis, un personal reducido, cuando solamente quedan como sociedades deportivas ésta, y cultural, el Liceo, digamos como de cierto empaque. Como por nuestro entusiasmo nos explayamos, saldría a colación la colección de raquetas de su hermano Pepe, casi cien, la afección de su tío Mani por Manzaneda y su entorno, la de Juancho por el club Sto. Domingo, y para recordar a su hermano Juancho, otro enamorado del club, y a su primo Segundo Alvarado, ingeniero municipal, acaso el único que se fue a vivir, cuando jubilado, en este caso a Texas, tierra de su cónyuge, como si convenio entre ellos de los años laborales en España, y los otros, ya jubilados, en Estados Unidos.

Amancio Movilla me interpela cuando yo ruando ensimismado. El que fue funcionario municipal, a tiempo huido de la presente era por jubilación, como un oportunista, si no fuese por imperativos de la edad. De Amancio, cuando niño, allá por Molgas, que nos seguía a los que jugábamos aquellos torneos de tenis propiciados por Eduardo Laherrán, veterinario, alcalde y director de la Caja de Ahorros Provincial (como entonces se la decía) y por Rogelio Valdávila, médico y alcalde de San Cibrao, quien había promovido un espacio deportivo con unas cuantas pistas de tenis, que pronto abandonado y luego expropiado por el paso de la autovía A-52.