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Coronavirus en Ourense | Del Entroido a una dura cuarentena

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Coronavirus en Ourense | Del Entroido a una dura cuarentena

A pesar de estar indicadas para gente infectada y sanitarios el uso de mascarillas avanza (JOSÉ PAZ).
photo_camera A pesar de estar indicadas para gente infectada y sanitarios el uso de mascarillas avanza (JOSÉ PAZ).
Entre el miedo y la incredulidad el ciudadano se hace a la nueva realidad para superar la pandemia y salvar el sistema

“La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera”, así arranca “La peste”, de Albert Camus, que acaba de cumplir 70 años. Podríamos comenzar así, o también por otro afamado texto, “El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde vivíamos¨, éste, del “Némesis”, de Philip Roth, dos libros que reviven en literatura la cruda realidad de estos días.

Al salir del portal, antes de encontrar el frescor de la mañana y la extraña sensación de respirar la calle, junto al descansillo de la entrada, estaba el mismo caramelo intacto desde hace días; no era la rata de Camus, pero en mi mente sí que lo era.

Hasta caminar resulta ya raro. A cada paso, carteles pegados en las persianas de los comercios que se despiden por un tiempo; a otros no les ha dado tiempo ni de recoger la terraza. Persianas bajadas, gente que espera. Semáforos que abren y pitan. Pasos de viandantes, que con el caminar hacen retumbar los maltrechos adoquines de la acera. No hay risas, tan sólo gente que avanza con premura y carritos camino del súper, gente que se para, que no te conoce o te reconoce y te habla. El miedo, la angustia, precisa hablar y escucharse; el silencio también mata. Los más madrugadores ya van con las bolsas de las compras, de las que sobresale papel higiénico. El mismo que se arrasa en las estanterías de los súper. Algún día, alguien nos explicará el porqué.

Camino del hospital, en un descampado al pie de la calle, unas gallinas cacarean. Casi se agradece. Los pasos de cebra están, los semáforos se abren y cierran, como todos los días, todo se parece, pero no.


Sin bares, sin vida


Gente que avanza, gente que busca un lugar donde tomar café. El viejo hábito a uno le causa una mala pasada, hasta se ha olvidado de desayunar, no pasa nada, el hambre aún no nos devora. La gente avanza. La crisis del coronavirus vende más periódicos, la información impresa se lleva debajo del brazo de muchos transeúntes; los repartidores lo hacen en las puertas de los bares, hoy tarea baldía, a todos nos ha pillado a contrapié.

En el hospital, personal sanitario se refugia en las esquinas, se afanan en el cigarrillo y en la conversación. Los exteriores están prácticamente vacíos, las restricciones se notan. La mañana avanza, sigue su ritmo. El tráfico es mucho menor, los parques están casi sin gente, el del Posío semeja un espejismo. Un indigente orinando en un árbol, dos hombres bebiendo junto a un banco, se cuentan sus cosas en una especie de diálogo sin entendimiento. Hoy no se escuchan las aves. Te cruzas con gente, a simple vista los distingues, unos se vienen arriba, como si tuvieran un extra de motivación; otros, te saludan cariacontecidos con la mano. Las distancias, primero.

El mercado de abastos bulle, alguno con mascarilla. Y eso que las autoridades insisten que eso es para los contagiados y personal sanitario. Con la gente que hablas, aparte de miedo, desconfianza, se respira rabia, por no haber dicho las cosas claras desde el principio. Junto a la Alameda me cruzo con un hombre y su perro. La mascarilla a la altura de la gorra y guantes profilácticos, El aire es de marciano, si no fuera por el almanaque ya pasado, pensaríamos en un “entroido” retrasado. Se llama Paco Fandiño y su perro, Rubio, a quien hace 7 años adoptó, lo quiso dejar en la “protectora” pero le pedía 50 euros, y en aquel momento él sólo tenía 30, ”por 20 euros, se quedó conmigo”. Le pregunto por su indumentaria, dice: “Soy un hombre medio precavido”. Después de haber trabajo en el lacado debe andar con cuidado. También tuvo un negocio de hostelería, ni en las huelgas más duras recuerda un panorama semejante. Así que pasea a su perro, por la tarde, tiene una cita de trabajo, después de 9 meses empleado en el Concello, ahora está en el paro.

La Plaza de Santa Eufemia es una cosa extraña. Las terrazas y veladores de los cafés han desaparecido. En el Paseo, la gente se hace fotos, para certificar que está desierto, uno suma la portada de La Región para plasmar el momento. En ello se justifica.


Padre de infectada


Junto al Café Latino, un antiguo internista del CHUO, Miguel Ángel Ojea, enfundado en un plumífero de colores y una mascarilla hasta las cejas. Dice que a su hija, psiquiatra del Puerta de Hierro, hace días que le han diagnosticado coronavirus, uno de los que trabajaban en la cantina del hospital -diagnosticado después, también-, al manipular un bocadillo se lo transmitió a ella. “Dos de sus compañeros de su hija -dice- también han dado positivo-. Ella tiene que estar 15 días en cuarentena y un mes de baja. “Yo he pasado por cantidad de situaciones críticas, epidemias y de todo, pero yo ya sabía que esto iba a desembocar así”, dice; ahora va a misa, después, al pueblo. Tras una clase de epidemiología en toda regla comenta que el virus expandido tiene visos de ser de laboratorio, “virus que ha salido a la humanidad para hacer un proceso de autoeliminación; es una depuración en toda regla”. Muy crítico con la gestión de la crisis por parte de las autoridades, teme sobre todo por la vida de los mayores y por la tremenda prueba sobre el sistema sanitario. A las autoridades les pide no engañar, “si el 15 de mayo será el pico, dilo, y no insistas en que en dos semanas se va a solucionar todo”.

Las calles vacías, los comercios cerrados, hacen una ciudad muy triste, como el semblante de muchas personas, otros se lo toman de manera laxa. Gente que aprovecha para hacer deporte, echar una pachanga con los hijos, y hasta para casarse, aunque sin visos donde celebrar el convite. A Luis y Enrique los veo de lejos enfundados en sus mascarillas y sus guantes, con la sonrisa puesta, por la novedad, imagino. ”Yo no quiero morir”, dice, mientras se recoloca entre los dedos un cigarrillo recién liado. Pues eso. 

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