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En pueblos, miradas de refilón

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Crisis del coronavirus

En pueblos, miradas de refilón

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El quehacer diario en pueblos y villas del rural gallego tras la aparición del coronavirus no difiere mucho del de las ciudades, con encierros, más llevaderos por el mayor espacio, y colas en supermercados.

El día a día en un pueblo de la Costa da Morte coruñesa bajo la amenaza del coronavirus no es distinto de otros lugares pero tampoco de otras épocas, y si bien la indiferencia reciente ante las normas de seguridad ha dado paso a la suspicacia por un estornudo, las miradas de hoy sobre las mascarillas reflejan temor y vergüenza a dos metros de distancia. Los cierres metálicos de la mayoría de establecimientos comerciales se suceden en calles y plazas, mercerías, tiendas de ropa, de fotografía, de zapatos, deportes, los bazares, cafeterías, floristerías, el pequeño comercio tan necesario en otra forma de vida que diariamente transcurre al margen del aislamiento.

Porque cuando amanece y te sientes bien, casi siempre tienes hambre y por eso los supermercados son los espacios más concurridos estos días, en cualquier pueblo de cualquier lugar. Largas filas de personas esperan a la entrada de una gran superficie. Las puertas, transparentes y automáticas, se abren y cierran al acercarse, cuando sale una persona del establecimiento, entra otra. Y así hasta completar una fila que guarda escrupulosamente la distancia de seguridad y más, hasta tres metros, con y sin mascarilla, todos con guantes.

Escrupulosos vistazos unos a otros como de refilón dan cuenta del respeto, al menos, si no miedo a un contagio que se anuncia masivo e incierto. "Parece que va a llover", dice un señor mayor en una de esas parsimoniosas colas que esta mañana hacían sobre todo varones de mediana edad.

En el supermercado, donde no hay geles desinfectantes ni guantes de un solo uso, la mayoría empuja carros repletos de comida, papel higiénico, agua y lejía, surtidos de yogures, pastas, galletas, poca carne, la que queda, y leche. Cada uno a lo suyo, sin perder ni un minuto vital para irse y que el siguiente de la fila pueda entrar.
Del supermercado a la pescadería, a la panadería y a la librería a comprar folios para imprimir los deberes del colegio -aunque los niños prefieran las paredes- que los tutores envían por correo electrónico a los escolares de todas las edades, desde los tres años, para que continúen aprendiendo, para que se entretengan y para que los padres valoren más que nunca su trabajo.

Farmacias abiertas

Las farmacias también están abiertas, el paracetamol se vende continuamente pero tampoco tienen gel desinfectante. "No te toques la mascarilla que si no, no sirve para nada", advierte una auxiliar de farmacia. Como escasean las soluciones desinfectantes, al final uno ya no sabe si se ha contagiado después de tocar el carro de la compra, la bolsa de la pescadería, las monedas con las que paga porque no hay terminales de pago o el móvil que se ha visto obligado a utilizar porque las llamadas y los mensajes no cesan.

 

Y de pronto o más tarde siente que le duelen los oídos, la garganta, el pecho o las rodillas, se toma el paracetamol que no necesitaba porque hasta los programas de entretenimiento sugestionan al más sensato, y vuelta a empezar. Algunos kilómetros más adelante y a pocas horas de cumplirse una semana de confinamiento, algunos todavía no se dan por aludidos en cuanto a lo que se puede o no hacer en estado de alarma, como si no fuera con ellos.

Como ese hombre que en la mañana de ayer fue apercibido por la Guardia Civil mientras plantaba patatas en una finca de una aldea coruñesa. Porque no llegan solas al supermercado, se habrá justificado este agricultor a pequeña escala, porque su propiedad no está vallada. Cualquiera que se encuentre en estos momentos en una ciudad encerrado en un piso de 80 metros cuadrados, o menos, se preguntará si su vida en una casa de pueblo sería muy distinta de la suya, y la respuesta es seguramente que no, más allá del terrenito en el que pasear que el primero envidia al segundo, porque al final ambos comparten necesidades y, quizá, miedos.

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