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El uniforme, imagen de marca y comodidad para el trabajador

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El uniforme, imagen de marca y comodidad para el trabajador

Imaginen a un hombre con una toga larga y blanca hasta los pies con una capa de tela roja que cuelga de un solo hombro. Solo con esta definición es posible que mucha gente identificase a un noble romano. Esa era la función de los uniformes ya desde la Edad antigua: identificar a un colectivo. No es de extrañar, por tanto, que se hable en la actualidad del uniforme como una pieza clave para determinar la imagen de marca de una empresa.

El éxito de un negocio actualmente está muy determinado por la imagen que los consumidores tengan del mismo. Este imaginario se crea a partir de todos los elementos que el cliente tiene a su disposición, pero si hay uno que interactúa directamente con ellos, ese es la plantilla de trabajadores. Es por esto que la vestimenta de los mismos, en muchos casos, puede beneficiar lo que un cliente piensa de una marca, o perjudicarlo. 

Aquí es donde está la funcionalidad del vestuario laboral: una prenda, que sirve para identificar a un colectivo y así, distinguirlo de sus semejantes. Es en él donde la moda ha descubierto uno de sus mayores retos: encontrar un atuendo con un buen perfil estético sin dejar a un lado la comodidad. 

La búsqueda de la comodidad no es nada nuevo

Esta cuestión ya se abordaba desde la aparición de los primeros uniformes, que fueron las armaduras militares. Ya el ejército griego comenzó a adaptar su atuendo para hacerlo cada vez más cómodos en la batalla. De esta manera, se eliminaron gran parte de los componentes metálicos y se comenzaron a utilizar materiales menos pasados para permitir a los soldados moverse con mayor facilidad, una tendencia que se mantendrá a lo largo de los siglos.

Desde entonces se buscaba la comodidad, algo que se convertirá en una de las premisas básicas de los uniformes, mientras que el segundo criterio estaba más relacionado con el diseño: la atemporalidad. Durante muchos años, el uniforme ha sido “la oveja negra” del mundo de la moda, llegando a ser parte de la denominada “no moda”. Este concepto es definido por la socióloga Susana Saulquin como “prendas que tienen la característica de ser estables, que indican pertenencia y que dan a quienes las usan la posibilidad de ser intercambiables de un momento a otro”.

Con el tiempo esta consideración del uniforme como una prenda de poca importancia, que debía servir a varios trabajadores y cuya calidad se medía en los años que durase, cambió. La moda comenzó a mostrarlos como una parte más de la identidad de la empresa, y esta idea pronto se hizo popular entre las diferentes corporaciones. La estética se convirtió en un elemento fundamental en el diseño, pero sin dejar a un lado el empleo de materiales de calidad y, sobre todo, el componente económico.

¿Una imposición de los jefes o una decisión del trabajador?

Si hay otra característica que marca la ropa de trabajo es el hecho de que son una prenda, por lo general, bastante económica. Este es otro motivo por el que muchas empresas deciden que sus empleados utilicen uniformes, ya que así pueden controlar la imagen de sus trabajadores, por lo general, a cambio de una cantidad relativamente baja.

Pero en otros casos, es el mismo trabajador el que tiene que proveerse por su cuenta de los uniformes de trabajo. Esto puede ser, porque sea necesario y la empresa no lo proporcione de forma gratuita (vestimenta sanitaria, peluquería, algunos accesorios…) o porque la empresa manda un uniforme “indefinido”, es decir, que da unas directrices sobre qué tipo de prenda llevar (por ejemplo, camiseta blanca y pantalón negro). En algunos casos es el propio empleado el que decide hacerse con una ropa cómoda y económica, que no se estropee. 

Según los expertos, lo más recomendable es controlar al máximo el tema de uniforme, y la mejor manera de hacer esto es encargarse personalmente del diseño. La indefinición lleva a tener poco control de las prendas, que cada vez se alejan más de la idea inicial que se tenía. 

La economía, la comodidad y la estética han sido las tres líneas sobre las que los diseñadores de uniformes han tenido que moverse. Sin embargo, la conjugación de estos tres elementos actualmente se lleva a cabo de una forma muy acertada. El reto se encuentra ahora en la búsqueda de los mejores materiales, más resistentes, y que obtengan la máxima practicidad de las prendas. Eficiencia y estética son las claves.