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El motor de la innovación

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Nuestro país debe abordar profundos cambios para sumarse al ritmo de líderes en innovación como Suecia

La innovación es la base sobre la que el ser humano ha construido su futuro desde la Edad Moderna. Una época frenética que condujo a la búsqueda de nuevas tierras donde conseguir las materias primas que necesitaban para la fabricación de productos y nuevos mercados donde vender los nuevos ingenios. La imprenta moderna, el telescopio, el sumergible, las armas de fuego, la calculadora y cientos de invenciones más tienen su origen en esta fructífera época. 

Ciencia, tecnología y mercado llegan juntos e indisolublemente hasta nuestros días como un único todo y emblema de la sociedad moderna y evolucionada. Desde Schumpeter muchos economistas consideran que la innovación es el motor interno del desarrollo económico. Y es así porque la innovación es mucho más que la simple invención. Buenas ideas hay miles, pero el reto está en que la idea se convierta en producto y, a su vez, sea comercializable. Las innovaciones llegan al mercado para que las personas puedan disfrutar de sus beneficios tras abonar un precio. 

Todos los países consideran, y desde hace unos meses parece el mantra de todos los gobiernos, que la innovación es la panacea a la destrucción económica que actualmente sufrimos. Porque la innovación genera poder, poder entre empresas del mismo sector que provocan el incremento del valor añadido que aporta una frente a otra, poder entre estados que con la innovación han conseguido producir mejor, más barato y más rápido. 

Es necesaria una economía basada en el conocimiento, en la innovación, porque la capacidad de crecimiento económico de una región se cimenta en la capacidad de producir bienes con mayor valor añadido que el resto. En comparación con otros países, en España nuestras capacidades productivas son menores debido a la falta de innovación. La “European Innovation Scoreboard” (EIS) define a los países innovadores en líderes, fuertes, moderados o modestos. Pese a que España ha avanzado algún que otro puesto en los últimos años, se sitúa en el tercer grupo, el de los innovadores moderados, a un largo trecho de cabeza liderada por varios países escandinavos. 

La balanza comercial europea de productos tecnológicos, a pesar de ser deficitaria, ha comenzado a incrementar el peso de las exportaciones en búsqueda del equilibrio y las pymes van tomando conciencia de la necesidad de generar productos innovadores para ganar competencia. Datos que reflejan un importante cambio de actitud empresarial en pro del incremento de la capacidad tecnológica, que nos alientan a olvidarnos de que en Europa no se innova, porque la inversión económica y el compromiso político en I+D+i en Europa es imprescindible para que no se convierta en el museo del mundo cuyo atractivo sólo sea el shopping y los museos. 

Nuestro país debe abordar profundos cambios para sumarse al ritmo de países líderes en innovación como Suecia, gracias a la capacitación de su población y a su infraestructura digital. Quizás alguno piense que llegar al liderato es un camino imposible porque los líderes también evolucionarán, pero si echamos un vistazo aquí cerca, veremos cómo Portugal ha mejorado hasta situarse entre los países con los índices de innovación más altos de Europa, gracias al apoyo de la innovación en el seno de las pymes. 

España debe marcarse objetivos claros que le permitan beneficiarse de los fondos europeos dispuestos tras la crisis del covid-19, lo que facilitaría la financiación de proyectos y empresas emergentes con capacidades técnicas de muy alto nivel. La inversión del Estado en 2019 en I+D+i, según el INE, superó por primera vez los 15.000 millones, después de varios años de incrementos continuos. A pesar de estos datos, que a primera vista parecen esperanzadores, estas cantidades no llegan al 1,25% del PIB, frente a la media del 2,18% de la UE, del 2,8% en EEUU o el 3,9% en Suecia. 

La ruta a la cima de la innovación

La evolución de las regiones en innovación está ligada a la noción de futuro digital que tengan. En muchas ocasiones consideramos que esta noción está impregnada en el ADN de EEUU y Asia. Shenzhen y Silicon Valley son dos de los lugares más anclados en el imaginario colectivo al hablar de regiones aglutinadoras de innovación en el mundo. La capitalización bursátil de Silicon Valley supera los 4 billones de dólares. Sí es verdad que su concepto de innovación digital de EEUU y China está mucho más desarrollado que el europeo, pero sería injusto no reconocer el gran esfuerzo que todos los países europeos están haciendo en inversión en digitalización e investigación. En Europa también contamos con grandes polos de desarrollo e innovación que crean grandes productos que hoy están en el mercado como Skype, Spotify, Mojan, King (creadora de candy Crush), Cabify o Blablacar entre otras. 

En la actualidad el poder que genera la innovación se diluye si no existe la colaboración. Hemos llegado a un punto de globalización que innovar y vivir aislado no genera poder, y el verdadero valor de la innovación reside en la humanidad y no en las personas o empresas individuales. Europa ha sido y seguirá siendo atractiva para emprendedores e inversores que confían en su crecimiento, en su estabilidad y en su colaboración entre países. Porque el dinero a lo único que tiene miedo es a la inestabilidad y Europa es una región muy compacta y estable políticamente. Respirando vientos optimistas, a buen seguro que poco a poco Europa retomará su espíritu innovador de la Edad Moderna.

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