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Amor de abuelo

Cartas al director

Amor de abuelo

Sucedió el pasado domingo día 2, en la sobremesa, a la hora que el abuelo suele darle la asignación semanal a sus dos nietos, concretamente a uno de 16 años, por más señas jugador juvenil del equipo del pueblo: 20 euros a cada uno.

El chico, quizás aún influenciado de la tangana que el sábado habían tenido por el mal perder a punto de finalizar ya el partido, se le escapó un “me cago en la h…”. Lo que fue motivo que el abuelo tomase otro chupito más aprovechando para echarle una buena filípica -sermón religioso incluido sobre el milagro de San Antonio de Padua y el patarino Bonvillo y su mula que se arrodilló ante el Altísimo- sobre la blasfemia y las buenas maneras sociales, éticas y morales que ello representaba para la sociedad. Luego se enteró que hubo muchas más blasfemias a la entrada de los vestuarios y en el propio campo, según le contó su otro nieto.

Entiendo su enfado, como jugador y entrenador que he sido, pero en mis tiempos esas expresiones no tenían lugar ni ocasión. La culpa, entiendo que no es solo suya. Es deber de los árbitros, y sobre todo del entrenador, erradicar tales hechos en la formación de un colectivo en donde debe fomentar el compañerismo, la solidaridad, ilusión, amistad y otros valores por encima de lo exclusivamente competitivo.

Me cuenta mi amigo el exarbitro alemán herr

doktor Sanmartín que él, a la vista de una blasfemia, llamaría a tal jugador amonestándole y haciéndole saber que a la próxima se iría a ducharse. También me cuenta, entre otras cosas, que si un aficionado se metía con él y con su madre, aplicaba el reglamento llamando a las fuerzas del orden público que los retiraban del campo, con la consiguiente sanción económica y apartado de los campos de fútbol.

Pero eso sucedía, y aún sucede, en Alemania.

Esta semana el jugador juvenil se quedó sin su paga, amén de pedir perdón y jurar promesa de desterrar tales expresiones de su vocabulario. Pero eso  al abuelo, aunque le calmó, no le quitó la acidez del postre, ni tampoco el chupito de más calmó tan mala digestión.

Una mala tarde la puede tener cualquiera, pero después de todo,  no hay hombre ruin que no tenga fibra de provecho, acabó pensando su abuelo dando por zanjado el asunto.