Protocolo

Si en alguna ocasión he sentido lastima, compasión y vergüenza por mí mismo (aparte por la buena pinta del marisco) ha sido en una comida presidida por don Manuel y sus conselleiros de la Xunta en la que todos, sin excepción, echaron mano de cubierto y cuchillo, unos de los muchos que en la mesa había. Me abstuve, y, muy a mi pesar. Aparte de que no sabía hacerlo, tampoco era hora de aprenderlo. 

Al protocolo se le define, entre otras,  como un conjunto de reglas de formalidad o de cortesía que rigen los actos y ceremonias oficiales y que han sido establecidas por costumbre.

Viene esto a colación, -nunca mejor dicho- por ver a un contertulio famoso exciclista en la tele, todo ufano, con corbata y unos vaqueros harapientos en demasía, que descubrían más que tapaban y al momento me acordé de aquel otro que se presentó ante el rey arremangado y en camisa -también todo ufano-, con una coleta que visualmente parece que nunca ha visto el agua. Al menos, pensé, pasaría antes por la peluquería. Pero mucho lo dudo, pues cada vez que lo visiono en la tele es en lo primero que me fijo y siempre la veo churretosa y grasienta, mismo hedionda. O esa es mi impresión. Vamos, que tampoco es manía mía -que puede-, pero no me nieguen que las hay bien monas, alegres y coquetas.

Comentándolo con mi amigo, el más viejo de la parroquia, díceme saboreando lentamente su ribeiro, que alguno hay que anda todo el año disfrazado como en Carnaval y pena le da, pues su mujer cuando de traje se trata le pasa siempre revista, pero que también  quizás alguno piense en que es una extravagancia más de personas que se lo pueden permitir por tener dinero- no educación ni cultura-, acabando con frase y taza: toda persona tiene derecho a ser estúpido, pero algunas abusan muy mucho de ese privilegio.

Verdad como un mundo, digo yo pidiendo otra ronda.

Por Pilar Fernández Rúa el
21/08/2019 23:15 h.