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No hay avería más urgente que la de una máquina del quirófano del CHUO con los cirujanos ya operando y el paciente sobre la camilla. El ingeniero Máximo Sotelo (Piñeira Seca, Xinzo de Limia, 1958) sabe lo que es trabajar bajo presión. Dirige el servicio de Electromedicina del área sanitaria de Ourense, Verín y Valdeorras, creado en 1989 y pionero en España, que se encarga de instalar, reparar y adaptar supermáquinas que salvan vidas y cuestan más de dos millones de euros.
Aceleradores, tomógrafos, gammacámaras, rayos x, ventiladores, electrocardiogramas y equipos de anestesia son algunos de los megaaparatos que pasan por las manos de este equipo formado por 18 personas, entre ingenieros, técnicos de campo y administrativos. “El CHUO es como una pequeña ciudad y cuenta con las máquinas más complejas que existen, desde un sencillo estetoscopio mecánico hasta una sofisticada resonancia magnética”, dice Sotelo, que reconoce que, dependiendo del tipo de avería, la arreglan o llaman a la asistencia técnica del fabricante, que suele ser alemán o estadounidense.
“Nuestro personal puede resolver el 70 u 80% de las averías, pero hay máquinas que es mejor no abrir. Lo más fácil de arreglar sería un electrocardiograma y lo más complicado, un tomógrafo o los autoanalizadores del laboratorio”, explica este ingeniero, que cifra entre 300 y 3.000 euros el coste de las averías. Hay equipos que valen varios millones de euros y a los que se les hacen revisiones periódicas que hay que enviar al Consejo de Seguridad Nuclear porque emiten radiaciones. “No puedes jugar con la vida de los pacientes. Algunas máquinas no puedes abrirlas e intentar arreglarlas porque si las dejas mal ajustadas pueden perjudicar al enfermo”, señala.
Los ingenieros de Electromedicina no siempre tienen superpoderes. “A veces nos piden lo imposible. Una vez se estropeó una pieza que solo había en Estados Unidos e iba a tardar en llegar un mes, pero la necesitaban en 15 minutos”, recuerda Sotelo, que confiesa que lo peor de su profesión son los momentos de estrés cuando debe resolver problemas muy urgentes y que le plantean de un modo desagradable. “Lo mejor es el ambiente de trabajo, poder manejar máquinas increíbles y formarte continuamente en tecnología de vanguardia”, presume.
Que en 1989 un hospital contratara a un ingeniero era casi ciencia ficción, pero hoy la electromedicina es imprescindible. “Este servicio creció mucho y ahora ya trabajan con nosotros hijos de los pioneros”, añade Máximo Sotelo, con orgullo.
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