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LA NUEVA OURENSANÍA
De Maturín, en el estado Monagas venezolano, vino Valentina Álvarez buscando una mejor vida y casi encuentra la muerte a su llegada. “Me diagnosticaron apendicitis, me abrieron, y sin querer me cortaron el intestino”, aclara. “A los diez días con fiebre acabé ingresada doce días”, explica, y añade que tras el alta volvió a entrar quince después con infección por todo el cuerpo. “Me tuvieron que volver a operar”, comenta Valentina, que sigue sin saber qué mal le aquejaba.
“Aquí los hospitales tienen de todo, en eso son excelentes, pero falta empatía”, opina Valentina sobre la parte humana. Cuenta que en medio de la tragedia andaba literalmente de uñas para recopilar dinero que cubriera los gastos, que no se detienen, aunque una esté parada.
La familia que mantiene son dos niños, con un marido de origen sirio, que en Venezuela estaba en el sector del pan, y aquí en la cocina de un restaurante. En el país americano trabajaban en el comercio, con un negocio de manicura, similar al que nos alberga hoy, y una panadería que entre todos levantaban. “Carros, negocios… pero fue venir a comenzar de cero”, aclara. Vinieron los cuatro juntos siguiendo a su mamá y sus hermanos. “Mi marido iba en moto y fue arrollado por un policía en coche”, revela sobre el punto de inflexión que les invitó al viaje. “Los árabes tienen dinero, que resuelvan”, resume así Valentina cómo gestionó la justicia el suceso. Su pareja trabajando con la pata chula, aún está pagando en carnes por el atropello.
De accidente en accidente, bruxas fóra, lo suyo parece algo más que mal fario, dirían los viejos. “Ya estoy bien físicamente, y me costó mucha salud mental”, confiesa. “Nunca fallé ni a mi casa, ni a mi comida ni a mis alquileres”, añade.
"En cuanto pude trabajar me puse de autónoma", explica. “En febrero me dieron una oportunidad con este local, empecé con una mesa”, aclara. Hoy ya son dos y unos silloncitos de pedicura, el negocio luce reluciente, deseamos tan próspero como rosado. “Cada día llegan más clientas, algunas las hice a domicilio”, explica, sobre la cadena de mujeres, fundamentalmente latinas, que le fueron tendiendo la mano. “Tik Tok, Facebook, redes sociales, en eso también soy muy activa”, explica, de aquí le contactan también muchas personas nacidas en España.
“Vine a trabajar con grapas en la barriga, porque como autónoma no podía ponerme de baja hasta los seis meses”, explica sobre la convergencia entre la salud y el dinero; el amor, por el momento, sigue a buen recaudo, nos observa desde la retaguardia del negocio ese marido al que más pronto que tarde someteremos a un cuestionario.
“Trabajo muy fuerte para conseguir mis objetivos”, explica sobre sí misma. “Quisiera montar una academia de uñas”, expresa, ir más allá de “transmitir capacitaciones de forma privada”, explica. Ya tiene una empleada de su tierra en nómina. “Querría dar trabajo a todas mis paisanas”, añade.
Ella habla del esfuerzo y del rechazo a los que no pegan ni golpe, y una se imagina en los confortables sillones a sus espaldas. Coincidimos en lo de que el populismo aquí y allá no lleva por buen camino, pero ansiamos que nos hagan una pedicura clásica. “Ya no podría volver a Venezuela, ni por el gobierno, ni por la mentalidad”, opina Valentina que muchos de sus compatriotas se quedan “por lo que les regalan”.
No podemos confirmar, por lo que hayamos oído de paisanos, que lo de la permanencia sea cuestión simple, pero desde luego sí que todos ellos suscriben, que la emigración implica predisposición al trabajo.
“Tenemos un acuerdo de creer en Dios”, los credos encima de la mesa. Su marido es druso, de religión discreta en dogmas, cristiana es ella. No asimiló (aún) los santos patrones de Ourense y Galicia, pero a la Virgen del Coromoto todavía la tiene presente. Sabe bien del día de feria, aquel que, en lugar de trabajar, haraganea.
Entran al negocio vecinas con pastelitos, se nota que está felizmente integrada, y que organiza bien su agenda. No ha pasado ningún Don o Doña exigiendo un hueco para que le atusen las zarpas. Coqueta como su negocio cerró la cita con un “deja que busque hueco y me arregle”, cuando se le pidió, días antes, que nos diera audiencia.
Buena ventura Valentinails, palabra ocurrente, mescolanza de su nombre con el objeto de sus desvelos. Con uñas (y dientes) invierte la ventura, una venezolana y profesional de primera.
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