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La cerrazón paulatina

Manuel Orío |

Manuel Orío | 14 de enero de 2021

Hasta hace relativamente poco tiempo, observábamos con escondida admiración el sabor y el tacto de la democracia de los Estados Unidos. Con independencia de sus consabidos enemigos que en el nuestro hacían campaña y vociferaban en la calle protestando contra el colonialismo yanqui, la Otan o el capitalismo, paradójicamente vestidos con pantalones vaqueros y camisetas con el logo de la Coca Cola en el pecho, el resto sentíamos atracción por el sistema político, el comportamiento -en general irreprochable de sus medios de comunicación- la buena calidad de sus instituciones, el cine, e incluso el funcionamiento del FBI.

Sin embargo, se nos ha ido pinchando el globo ante la sucesión de episodios desquiciados y absurdos que han ido mostrando el verdadero rostro de un país que se está desmoronando minuto a minuto. Probablemente la elección de un sujeto como Donald Trump ha contribuido más que ningún otro factor a degradar la textura de su escenario político y la Historia acabará poniendo a cada uno en su lugar y colocando a Trump en el lugar donde le corresponde. El de un personaje que ha causado un daño a su país del que tardará en recuperarse.

Tras esta reflexión sin embargo lo que resulta imprescindible analizar –y no vendría mal que los propios estadounidenses se sumergieran con valentía y serenidad en el ejercicio- es por qué un partido como el republicano, en el que han militado personajes de gran influencia en el ejercicio político, ha consentido una radicalización tan feroz que ha acabado con una tropa de vándalos  asaltando el Capitolio. 

El partido republicano es el partido en el que militaba Abraham Lincoln, al que todos los libros de contenido político señalan como el mejor presidente. También fue republicano Grant y otros muchos personajes de talento. Cuesta encontrar las claves que han ido endureciendo las posiciones republicanas hasta atrincherarlas en el más inquietante y obtuso cerrilismo, con protocolos de intolerancia y cerrazón tan impactantes como el “tea party” u otros comportamientos por el estilo. Hoy, estoy convencido de que sectores sensatos del partido se preguntan cómo han llegado hasta allí. Pueden arreglarlo. Por ejemplo, votando a favor de la inhabilitación inmediata del todavía presidente. Pueden hacerlo y todos nos quedaríamos más tranquilos.

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