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Chin y Ramsés en busca de la inmortalidad

José Teo de Andrés | 05 de mayo de 2017

Dos soberanos de la antigüedad, Quin Shi Huang y Ramsés II, trataron de conseguir la inmortalidad a cualquier precio. Lo lograron en parte sí, ya que ambos continúan hoy presentes en China y Egipto.

Quin Shi Huang –o Chin Shiguandi, como también se le denomina- fue el fundador de China al unificar  -a la fuerza- siete reinos bajo su mando, convirtiéndose en el primer emperador. Corría el año 240 antes de Cristo, y en ese momento la República de Roma estaba embarcada en las Guerras Púnicas contra y Grecia vivía el llamado período helenístico, tras Alejandro Magno. Shiguandi no sólo dio su nombre al país –Quin o Chin- sino que también ordenó construir la Gran Muralla y fijó las normas de la escritura, entre otros aspectos que han permanecido. Pero no era suficiente. Se obsesionó con la inmortalidad y envió heraldos en busca de algún filtro que le permitiera prolongar su vida, y mientras tanto, comenzó a planificar su mausoleo, famoso en todo el mundo por los Guerreros de Xián, apenas una pequeña parte del conjunto. La sepultura no se ha abierto, pese a las evidencias de su existencia bajo un monte que a su vez oculta una construcción singular de la que hay abundante literatura. Entre otros aspectos, parece confirmado que el sepulcro se encuentra en el medio de una representación de China con ríos de mercurio. También se sabe que cuando fue enterrado, los soldados mataron a los trabajadores que habían construido el monumento para preservar el secreto.  Quin logró el supuesto elixir de la inmortalidad, unas píldoras que contenían mercurio y que lo envenenaron. Pero finalmente logró trascender en los siglos: el país se llama China por él, la Gran Muralla se mantiene y su monumento funerario continúa cerrado a la investigación por veneración al padre de la nación.

Muchos siglos antes, hacia el 1200 antes de Cristo, otro soberano había tratado de escapar de la muerte. Lo hizo declarándose Dios viviente, y por tanto inmortal. Ramsés II logró la proeza de una longevidad milagrosa al alcanzar los 90 años de edad, cuando la esperanza media de vida entonces apenas superaba los 30, incluso entre la clase dirigente. En un momento dado, Ramsés se proclamó Dios y su pueblo lo aceptó. Símbolo de ello fue la construcción de Abu Simbel, un templo en su honor en el límite con Nubia: cuatro Ramsés gigantes en su fachada proclaman su divinidad. En el interior, decidió representarse en el santuario, la parte más sagrada, al lado de Ra, Amón y Ptah, los tres principales dioses del panteón del Nilo. Como un igual. 

Ramsés, pese a su vida extraordinariamente larga, no pudo escapar de la muerte, pero logró hasta cierto punto lo que buscaba: su momia se conservó  a salvo durante casi 3.000 años y hoy se halla en el Museo Egipcio, donde el visitante puede estar cara a cara ante el faraón. Su rostro se encuentra en los billetes actuales de Egipto y su nombre, por todas partes. No deja de ser otra forma de inmortalidad.

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