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La cogorza de después

Itxu Díaz |

Itxu Díaz | 22 de septiembre de 2016

Cuento las horas para la juerga del domingo. Están avisados los bomberos de Ourense. Y le he enviado un mensaje al jefe de  los GEOS por si se nos va de las manos y alguno de la banda se queda atrapado en el fondo de la botella de ron. La última vez, como a la fuerza no salía, tuvimos que sacarlo entre los colegas al grito de "¡chupitos gratis!". Precaución. Porque el domingo por la noche los periodistas nos dejaremos caer en jauría por las fiestas de los partidos, tan pronto como terminemos de narrar el recuento electoral y sus circunstancias, parafraseando a esa gran media docena de filósofos que eran Ortega y Gasset. 

Caeremos como búfalos del oeste, pero como búfalos del oeste baleados al aire por John Wayne tras una noche de whisky y al raso. Llegaremos con cara de escaño, con aspecto de encuesta del CIS, con cervicales de ratón de biblioteca, y con hígado de cerdo, pero con hígado de cerdo reluciente en bandeja de charcutería. Llegaremos sin preguntar, sin invitación, y nos comeremos sus canapés. Y sacaremos a bailar a las diputadas más bellas. Y nos beberemos su cerveza. Y, si podemos, también chuparemos cada una de las cabezas de sus gambas. 

Si es que nos da igual quién gane. De las promesas electorales, solo nos inquieta una: si la barra será libre. Y confío en que sí, al menos en la fiesta del ganador, que queremos ver a ese candidato bañado en champán francés y coreando esas rimas tan ordinarias que suelen vociferarse en la juerga postelectoral, que aluden a tamaños y formas de las protuberancias y las familias de la oposición.

Aunque, bien pensado, quien más necesitará un cubata será el perdedor. Porque una cosa es que, frente a las cámaras, nadie vaya a perder el 25-S, y otra que esa noche no haya al menos tres candidatos que se amorrarán a la copa del olvido, pensando en la manera de regresar a casa sin pasar por la casilla de salida parlamentaria. Porque la oposición es un desierto helado. 
Sea como sea, caeremos en las fiestas, cerrando sedes como si fueran bares. Con plumas de indio en la cabeza. Aullando. Con las grabadoras alzadas al viento. Y con los blocs de notas ardiendo, antorchas en una fiesta medieval. Sacaremos fotos en los baños, tuitearemos todo lo prohibido, y robaremos todas las carteras que podamos; a ver si con suerte nos cae uno de los verdes, o de cualquier otro color, o un escaño sobrante, y así nos dan voz y vela en ese dulce entierro de la campaña.

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