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Colección Sirvent: la historia universal de la máquina de escribir

La Región | 02 de noviembre de 2019

La colección recorre desde sus orígenes hasta su desaparición, la historia de la máquina de escribir, contada con 3.250 piezas, muchas de ellas únicas, todas listas para su uso

El 14 de junio de 1987 salía a la calle el primer número de Atlántico Diario. El estreno de un nuevo periódico era un acontecimiento que no sucedía en Vigo desde la década de 1920. Pero en esta ocasión iba a entrañar una segunda y singular novedad. Atlántico se convertiría también en el primer periódico de toda la Península Ibérica en el que su redacción se estrenaba sin máquinas de escribir. 

A muy poca distancia de esa redacción que nació sin la banda sonora del repiqueteo de los tipos sobre el papel, se encuentra la mejor colección de máquinas de escribir que existe en toda la Península Ibérica y una de las diez más importantes del mundo. Cuatro mil quinientas piezas, de las que más de tres mil doscientas se encuentran totalmente restauradas y listas para escribir. Es la colección Sirvent, una firma viguesa que inició su andadura en el año 1940 y que está a unos meses de cumplir 80 años.

Alfredo Sirvent Colomina (Xixona, 1907-Vigo, 1994), llegó a Vigo para trabajar en el negocio de su hermano Pepe, consistente en recepción y preparación de máquinas Underwood que llegaban directamente de Estados Unidos en barco. “Iban a recoger las máquinas al puerto, las revisaban y se las enviaban al importador, que estaba en Madrid, o ya a los clientes si eran para su uso en el área de Vigo”, explica Luis Sirvent, uno de los cinco hermanos que siguen al frente del negocio que inició su padre. Era un artículo muy costoso y en la España de postguerra, lo que predominaba era la importación de máquinas de segunda mano, reconstruidas. Al poco tiempo, Alfredo se estableció por su cuenta, con negocio propio, orientado a la reparación y mantenimiento de máquinas de escribir, que luego se iría ampliando al alquiler y venta de máquinas y la escuela de mecanografía.

En el taller, además de reparar máquinas, también se preparaban para su uso. “Había que adaptar el teclado de una máquina americana o inglesa, que no tenía ni acentos ni ñ”, cuenta Alfredo, el hermano mayor de los Sirvent. “Incluir las letras españolas no era difícil. Pero sí en el caso de los acentos, puesto que suponía anular el salto de espacio de la tecla, para que recayese en la letra acentuada y no en el espacio siguiente”.

Alfredo comenzó a trabajar en el negocio familiar con trece años, en el taller. Primero como aprendiz y con el tiempo se puso al frente del mismo. A él se debe el impecable estado de todas y cada una de las más de 3.200 máquinas restauradas, cuyo número va aumentando gracias a un trabajo que realiza ahora ya como hobby. A él le siguen Pepe, Ricardo, Luis y Juan.  Pepe se ocupaba de la academia de mecanografía, Ricardo, de la administración del negocio y Luis y Juan de la venta. Entre todos, desgranan una historia que han vivido desde la infancia. Cinco hermanos, cada uno con un carácter y una personalidad diferente, pero que han sabido armonizar para que el negocio se extendiese hasta convertirse en el más próspero de Galicia en su sector.

“Alrededor del negocio del alquiler y venta de máquinas de escribir se desarrollaban otras actividades -explica Luis- como la academia de mecanografía. Saber mecanografía era, en muchos casos un conocimiento que te garantizaba un puesto de trabajo y de hecho, muchas empresas venían a nuestra academia a buscar buenos mecanógrafos, o mecanógrafas, porque en la mayoría de los casos era una actividad femenina”. A la sombra de la academia se realizaban servicios de copia. “Entonces no había fotocopiadoras y muchas notarías nos encargaban copias de las escrituras y documentos notariales. También venían muchos contratistas para que les redactásemos los presupuestos de encargos, pues había negocios, sobre todo en el ramo de la construcción, que no tenían oficina ni, por supuesto, máquinas de escribir ni quien las utilizase”.

Otro de los colectivos que solía requerir los servicios de mecanografía de la casa Sirvent, era el de los escritores. Ricardo Sirvent, recuerda cuando José María Castroviejo traía sus escritos a mano para que se los mecanografiasen después de haberlos escrito en una taberna que había muy próxima a su negocio, entonces en la calle de Velázquez Moreno. “Venía del Valeije”, añade Luis. “Castroviejo no era el único. Marcial Lafuente Estefanía fue otro de los habituales. De los libros más raros que recuerdo que se mecanografiasen fue el de un autor, Porfirio Faro Rodríguez, que se titulaba: “Pi no es igual a 3,1416”, en el que intentaba demostrar lo que enunciaba en el título del libro.”

La máquina de escribir era una herramienta de trabajo, pero en proporción, resultaba más cara que un ordenador, portátil o de sobremesa, de los actuales. Por eso existía la opción de alquilarlas. “Se alquilaban por horas, por días, por meses…” Cuando una máquina de escribir costaba entre tres y cinco mil pesetas, que era una cifra muy alta, se podía alquilar por 75 pesetas al mes. “Teníamos clientes particulares y empresas. Recuerdo un periódico deportivo, que se llamaba “Meta”, que se publicaba los lunes, y nos alquilaban las máquinas de escribir todos los sábados y domingos. El lunes por la mañana se iban a recoger y se volvían a llevar el sábado por la mañana. Además del alquiler y venta de máquinas, desde la casa Sirvent se ofrecía el servicio de mantenimiento a domicilio. “Por un módico precio, que al principio era de sesenta pesetas al año se iba una vez al mes a limpiar, repasar, engrasar las máquinas, ponerle cinta nueva, si era necesario -explica Alfredo-. Había precios especiales para clientes que tenían muchas máquinas. En nuestro taller había tres personas todo el día en la calle haciendo ese mantenimiento”. Entre esos clientes estaba Citroën y otras grandes empresas en las que había más de cincuenta e incluso de cien máquinas de escribir”.

La edad de oro de la máquina de escribir en España fue en las décadas de 1960 y 1970, cuando ya existía una industria nacional, en la que destacaba la marca Hispano Olivetti. Cataluña y el País Vasco fueron los principales centros de producción de las marcas españolas. Así, de ser una costosa herramienta de trabajo, comenzó a democratizarse su uso y a entrar en los hogares, como el tocadiscos, el televisor o el coche. “Recuerdo que en Navidades llegábamos a vender más de dos mil, para regalo”, recuerdan Alfredo y Luis. Los padres regalaban la máquina de escribir a sus hijos en Navidad y la mecanografía comenzó a convertirse en una actividad extraescolar, como la música.

En los años ochenta, las máquinas comenzaron a incorporar electrónica. Fue el paso previo a la llegada del procesador de textos y, finalmente, del ordenador. “Todavía vendimos máquinas de escribir hasta el comienzo de la década de 1990”, recuerda Luis, “pero era un negocio llamado a desaparecer”. En los ochenta, trasladan sus dependencias de la calle de Velázquez Moreno a Gran Vía y diversifican la actividad al mobiliario, tanto de oficina como de hogar para, finalmente, decantarse por una línea orientada fundamentalmente al mueble contemporáneo, basado en los grandes movimientos del diseño, especialmente a partir de la escuela de La Bauhaus, buscando la belleza de lo práctico y la elegancia de la comodidad. Con un diseño que fue finalista de los premios FAD de arquitectura, junto con la Torre Agbar de Barcelona y la T-4 de Barajas, la sede de Sirvent es al mismo tiempo, tienda de mueble contemporáneo, sala de exposiciones para creadores de las artes plásticas más vanguardistas y en sus sótanos, la magna colección de valor incalculable que recorre la historia universal de las máquinas de escribir. Una historia que comienza, en las piezas de esta colección, con una Malling Hansen de 1867, de singular forma esférica, que vemos en el centro de la imagen de la página anterior. Justo tras ella, la Victoria, primera máquina de escribir fabricada en España, por la sociedad Toledo-Ferrer de Valencia, y que debe su nombre a la entonces reina Victoria Eugenia, a quien le regalaron una de su primera serie. O la primera máquina de escribir fabricada de forma industrial en el mundo, la Scholes & Glidden, de 1873, que se ve en la primera fotografía de la izquierda de esta página. El recorrido cronológico llega hasta las últimas máquinas que salieron al mercado, pero la diversidad se extiende también a máquinas en todas las lenguas y alfabetos: hebreo, árabe, japonés, braille, musical... incluso el cifrado, empleado por espías. Y  hablando de espías, no falta la Royal chapada en oro, una edición muy limitada con la que Ian Fleming escribió sus novelas de 007. Posters, carteles, cajas de cintas completan este viaje por más de 120 años de nuestra historia.

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