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¿Democracia representativa?

Miguel Mosquera Paans |

Miguel Mosquera Paans | 14 de septiembre de 2020

Basada en candidatos designados por los votos del electorado, se considera que esa es la fórmula del modelo democrático imperante en España. De donde se deduce que el gobierno del país representa la voluntad de la ciudadanía. Resulta obvio que si la mayoría de los españoles hubiesen querido que Pablo Iglesias formase parte del Gobierno no lo habrían castigado en las urnas, reduciéndolo a una simple presencia testimonial en el mapa de fuerzas políticas. Pero lo cierto es que le bastó la necesidad del PSOE para acariciar el cuero azul del hemiciclo.

Tampoco es que el PSOE adquiriese una mayoría suficiente como para formar gobierno, de ahí que a estas alturas, después de haber tomado Pedro Sánchez posesión como presidente en la XII, XIII Y XIV legislatura, aún siga con los Presupuesto Generales del Estado redactados por el ministro de hacienda del PP, Cristóbal Montoro, hace ya tres legislaturas.

Esta es la cuestión subyacente que no debería escapársele a nadie, porque el Gobierno Central lleva ya demasiado tiempo transitando por la cuerda floja sin que ello abunde en beneficio del país. Ese es el motivo que justifica que, en un principio, Pedro Sánchez mantuviera una entente cordiale con el independentismo catalán, hasta que esa amistad se resolvió como insostenible en el estado de derecho.

Por supuesto que cualquier territorio tiene el derecho a ambicionar la independencia y todo político tiene el derecho de aspirar a ella. Incluso goza del derecho a procurarla, pero con el derecho viaja de manera inevitable la obligación, y todo el mundo sabe que si la ley dice que un país es indivisible, el que atenta contra el Estado o pretende fragmentarlo, lo mejor que puede hacer es buscar una fórmula que le garantice el éxito porque, de lo contrario, se expone a todo el peso de la ley, tal como le sucedió a la última hornada catalanista. Extraños amigos hace la política.

Aún no enfrió el cadáver catalán, Pedro Sánchez aviva al fenecido vasco. Si hay algo que queda manifiesto, pese a lo dudoso a estas alturas de la historia acerca de la representatividad objetiva del Gobierno, es que el presidente del Ejecutivo representa a todos los españoles, o al menos eso debería suponerse.

La cuestión es a quién representa al dar el pésame por la muerte de terroristas ya que la cruda realidad es que EH Bildu apenas representa el 0,2% del Congreso, lo que hace más hiriente aún las manifestaciones del presidente del Gobierno, condoliéndose por el fallecimiento de Igor González en la cárcel guipuzcoana de Matutene, no ya por ser un jarro de agua fría sobre la democracia, sino por la ofensa que supone a todas las víctimas de terrorismo y a los ciudadanos de bien.

Hay que tener muy presente la cuestión de ETA y sus participantes. A partir de la convocatoria de elecciones generales en el año 1977, podían haber abandonado la lucha armada y centrarse en la política. Pero intereses económicos -que pueden citarse por encima de los políticos-, la llevaron a recaudar de manera masiva el llamado impuesto revolucionario, además de amasar pingües ingresos merced a los secuestros. ¡Qué cierto es que todos los antisistema, anticapitalistas y revolucionarios, lo primero que atacan y buscan son los bancos y el dinero!

La única verdad es que Igor González Sola, alias el enfermo, formó parte de un grupo terrorista asesino y sanguinario que durante décadas sembró en España el caos y la muerte, empujando además a gran cantidad de vascos al exilio. De ahí que resulte tan hiriente e insultante, por parte del presidente de una nación, que le haga la ola a un criminal frente al resto de la ciudadanía. Ya es hora de dar un golpe sobre la mesa, aún asumiendo la máxima volteriana de lo peligroso que resulta tener razón cuando el Gobierno está equivocado, porque como dijo Sofocles, un Estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo.

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