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Hablar

Víctor González |

Víctor González | 13 de septiembre de 2020

Últimamente con el covid-19 creo que se ha vuelto más importante que nunca hablar. Sólo hablar. Si no podemos besarnos, abrazarnos, tocarnos, meternos mano ¿qué nos queda?, hablar. Hablar nos acerca a unos a los otros.

Yo siempre fui muy hablador, o charlatán como ustedes quieran. Ya de adolescente por ejemplo si me subía a un tren con la mochila porque me iba de acampada, o con la maleta porque me iba a Madrid a la universidad, al llegar al compartimento del vagón lo primero que hacía era hablar con todos aquellos desconocidos, para que dejaran de serlo. Hoy ya casi nadie hace eso. Los chavales jóvenes se enchufan a sus auriculares y a su smartphone y no hablan con nadie. Lo sé porque viajo mucho en tren y autobús.

Pero como dije al principio creo que eso está cambiando: hablar es lo que puede salvarnos.

El otro día yo estaba con Atticus, mi chihuahua, en una terraza, mis amigos estaban dentro del bar y yo había salido a fumar y me senté en una silla. A mi lado en otra mesa estaban tres personas charlando, conozco a una a la que aprecio desde hace años y que es de mi edad, los otros eran mucho mayores. Bueno no charlaban, en realidad uno de los mayores impartía una especie de monólogo-conferencia doctoral sobre las razas.

Me metí en la conversación, amistosamente no se crean ustedes, y dado que uno de los tres era aquel conocido mío y mientras yo le daba otra prohibida calada a mi cigarrillo hice la siguiente observación.

"Bueno, sabéis que eso de las razas es un concepto cultural del siglo XIX que nadie acepta desde hace noventa años. No tiene nada de científico. Las razas han quedado relegadas a los animales domésticos como perros, gatos, gallinas, cerdos o vacas. No existen las razas humanas."

Atticus me miró fijamente diciéndome con claridad con aquella mirada:

"Otra vez has metido la pata, estúpido bípedo".

Los de la terraza ya se estaban yendo. Se levantaron y el conferenciante me dedicó, en realidad se la dedicó a sus compañeros de mesa aunque era para mi, esta frase con muy mala leche:

"Sí, también hay que escuchar a los tontos".

Y se fue.

Mi amigo/conocido trabajosamente ayudó a levantar al otro hombre mayor (que yo creía que era su padre pero no lo era) y se fue con él haciéndole de bastón y dedicándome en el último momento un gesto con la mano y una mirada por encima de la mascarilla que decía "no hagas ni caso, tío, ese es gilipollas".

Me han llamado tonto muchas veces en mi vida y no me importa. Quizá lo sea. Pero ese "tonto" que me dedicó aquel tipo era declaradamente insultante e intencionadamente despreciativo. Yo sólo quería aportar algo a la conversación. Nada más. Si no podemos abrazarnos, por lo menos podremos hablar ¿o no?

Pues algunos creen que no. Confiemos en que esos desaparezcan barridos por el tiempo.

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